¡Paz quiere decir Revolución Proletaria
Mundial!
Rosa Luxemburgo.
A
partir de las Revoluciones Francesa, Americana e Industrial Inglesa, muchos
autores han realizado serios intentos científicos para explicar los
trascendentales cambios histórico‑sociales que se produjeron en Europa y
América del Norte durante el s. XVIII y el s. XIX. Dentro de este contexto, se
abordarán algunos de los aportes originales en los campos de la Historia y la
Sociología Política.
Agustín
Thierry (1795‑1856), brillante figura de la historiografía francesa,
consideró al desarrollo nacional como una lucha entre dos estirpes mayores: los
invasores y los invadidos. Otro historiador francés, Francois Pierre Guillaume
Guizot (1787‑1874), quien entre 1829 y 1832 escribió los seis volúmenes
de su Historia General de la Civilización en la Europa Moderna, al igual que
Thierry, interpretó las mencionadas revoluciones sociales como luchas entre
clases sociales. Louis Adolpht Thiers (1797‑1877), Primer Ministro de
Francia entre los años 1836‑1840, Presidente de la Tercera República
Francesa entre 1871‑1873 y prominente historiador europeo de su época,
junto con Thierry y Guizot, se cuenta entre los respetables eruditos que
inspiraron a Carlos Marx y Federico Engels en el desarrollo de su teoría sobre
la lucha de clases, a mediados del s. XIX.
Desde
las Reflexiones sobre la Revolución Francesa de Edmund Burke (1729‑1797),
hasta los autores contemporáneos de la „teoría de la dependencia“, existe un enlace
histórico directo entre los intelectuales que intentaron explicar la esencia y
las leyes evolucionistas del „cambio social“ o „revolución social“. Estos
autores, independientemente de sus ideas políticas específicas, trataron de
determinar las múltiples causas, precondiciones, estrategias, tácticas y
consecuencias del „cambio social“, dentro de un sistema de sofisticados
conceptos y categorías de las ciencias sociales.
Especialmente
desde el fracaso de la Comuna de París en 1871, aparecieron a escala global
numerosos trabajos teóricos de revolucionarios radicales. El fracaso de la
Primera Revolución Rusa en 1905 y el éxito de la Segunda en 1917, se debió a la
problemática de la revolución a un nivel central dentro del campo de la
Sociología Política. Las múltiples revoluciones coloniales de la década de los
sesenta habían exagerado este problema, y numerosas teorías sobre el „cambio
social“ fueron formuladas por autores no marxistas. Bien conocida es la „teoría
de la revolución“ de Chalmers Johnson (Revolutionary Change, 1966), la cual se
convirtió en el prototipo del modelo revolucionario de „la teoría de los
sistemas“. Autores marxistas como Ernest Mandel, han criticado estos modelos
burgueses, de cuyo análisis final se desprende que pretenden mantener el status
quo capitalista a escala mundial.
Sin
embargo, la ciencia social „oficial“ contemporánea, es limitada para explicar
los cambios sociales actuales o revolucionarios, tanto como para analizar las
guerras. No obstante, ambas fuerzas ‑ revoluciones y guerras ‑
pertenecen al fenómeno histórico más relevante del s. XX. Las guerras,
revoluciones y contrarrevoluciones agitan al mundo contemporáneo, empero, aún
no constituyen materia definida de alguna disciplina específica, como lo es,
por ejemplo, la Ciencia Política en las universidades. Se les ha considerado,
más bien, subordinadas a otras materias importantes como la „Historia del
Pensamiento Político“, o „Sistemas Políticos Contemporáneos“. A menudo, los
estudios sobre esta materia, digamos por ejemplo, un curso de Teoría‑Práxis‑Revolucionario‑Emancipatoria,
será de poco interés en la mayoría de las universidades occidentales, de la
misma forma en que la teología declaró tabú a la ciencia natural durante la
Edad Media en Europa.
Conceptos
como revolución o contrarrevolución son de difícil determinación científica,
especialmente cuando se emplea el método de la lógica formal, que ha dominado
al mundo desde Aristóteles. Estos fenómenos tienen la característica esencial
de ser incompletos, procesales y anticipatorios, características que no son
compatibles con la norma de fijar conceptos en forma general, concediéndoles
significados absolutos. A = A, una máquina es siempre una máquina, no importa
qué cambios se produzcan. En capítulos anteriores hemos subrayado las
limitaciones de la Lógica Formal y sus implicaciones ideológicas. Cuando una
teoría de esta naturaleza trata de explicar procesos mundiales como .las
revoluciones, no hace sino verificar, una y otra vez, las marcadas deficiencias
de la visión idealista de la historia y de la vida humana en general. No
obstante, ya a comienzos del s . XIX, hace más de 150 años, el filósofo
idealista alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770‑1831), había
sistematizado el método dialéctico de razonar lógicamente. Todavía hoy, la
mayoría de los autores modernos de las ciencias sociales, separan la teoría
científica de la práxis científica, tal como lo hacía, parcialmente,
Aristóteles (384‑322 a.C.).
GENESIS DEL CONCEPTO „REVOLUCION“
En
estos momentos, especialmente en el llamado „Tercer Mundo“, existen razones
sociales suficientes para reconsiderar, reevaluar y redefinir el concepto de
revolución. Desde luego, esta no es una pretensión científica fácil. Revolución
es el tópico fundamental de los fenómenos que han llegado a ser conocidos como
„Socialismo“, „Comunismo“ o „Marxismo‑Leninismo“, cuestiones no muy
queridas en el mundo occidental. Los autores burgueses a mediados del s. XVIII,
Rousseau, Voltaire, o Montesquieu, estuvieron bastante familiarizados con el feudalismo
y el catolicismo, los eternos enemigos del capitalismo en su lucha por el
poder. Esta es la razón por la cual la clase burguesa fue revolucionaria (pero
no emancipatoria) y pudo, históricamente, tener éxito.
¿Cómo
puede el capitalismo luchar contra el comunismo cuando las masas del pueblo y
los que ocupan posiciones relevantes de control social, no tienen la más leve
noción de lo que es el marxismo? Igualmente, ¿Cómo podemos erradicar una forma
de producción históricamente involucionaria e introducir una nueva, que sirva a
los intereses de toda la humanidad, si no conocemos absolutamente nada de las
contradicciones y crisis del capitalismo?
Las
dos revoluciones „clásicas“, la Francesa de 1789 y la Rusa en octubre de 1917,
introdujeron ambas, las etapas iniciales de un nuevo modo de producción, el
capitalismo y el socialismo, respectivamente. Pero sólo pueden explicar con
limitaciones las causas básicas, las dinámicas sociales, los estados históricos
latentes y las tendencias de las numerosas revoluciones sociales actuales que
agitan especialmente a Africa, Asia y América Latina.
Los
conceptos y categorías logrados a partir del análisis crítico de las modernas
sociedades industrializadas, altamente desarrolladas, no pueden aplicarse
directamente a los países „en vías de desarrollo“; del mismo modo, los
conceptos clásicos marxistas relativos a la explotación, clases o imperialismo,
no pueden utilizarse como simples moldes para explicar las realidades del
„Tercer Mundo“. Esto lo demostró el conflicto entre los autores marxistas de la
„dependencia“ y los llamados neo‑marxistas en las décadas de los años
sesenta y setenta.
Así
como también, la aplicación de tácticas y estrategias de guerra de guerrillas
que llevaron a Vietnam y a Cuba a condiciones revolucionarias frente a la
metrópoli. A partir de los sesenta se origina una violenta discusión
internacional, iniciada especialmente por Herbert Marcuse, relativa a la
ubicación del problema actual de la revolución en el contexto de la lucha
emancipatoria mundial. La cuestión es por demás seria, porque, al menos en las
últimas décadas, las clases’ obreras de los países altamente industrializados,
como la República Federal Alemana o los Estados Unidos de América del Norte, no
han logrado realizar plenamente su histórica tarea revolucionaria, tal como lo
especificó originalmente, en forma esperanzadora, la teoría‑praxis
revolucionaria marxista. Luego, ¿Qué es la revolución?
Comencemos
con la noción actualmente aceptada de revolución. En la primera acepción de esta
palabra, normalmente encontramos la idea de una alteración violenta, resultado
generalmente del trabajo de un grupo „terrorista“ conspirador, preferiblemente
„marxista“, „comunista“ o „fascista“ que quiere subvertir el orden democrático
del Estado; este grupo prepara y efectúa la revolución. Punto de vista que se
basa en la filosofía del idealismo vulgar, y según la cual, la causa principal
o sustancia es la idea, o un Ser Supremo. Grandes ideas hacen historia; grandes
hombres como Napoleón, Khomeiny o Castro, solamente hacen historia, y, por
consiguiente, grandes revolucionarios como Ho Chi Minh, Mao Tse‑Tung,
Castro o el Ché Guevara,, hacen revolución. En este sentido, la revolución es
una cosa subjetiva, el trabajo de individuos. Ciertamente, líderes populares
individuales como Castro o Mugabe, juegan un papel decisivo en la historia y en
las revoluciones, especialmente en los países del „Tercer Mundo“. Pero esto no
lo pueden realizar dentro de una jaula de cristal, aislados de la sociedad y de
las fuerzas históricas, aunque tengan las más grandes ideas revolucionarias.
Siguiendo
la mencionada línea del pensamiento idealista, los „comunistas“ y „marxistas“,
en su papel de „terroristas“ utilizan a las masas ignorantes, así como las
armas procedentes de los países „comunistas“ y la ideología „marxista“ para
fomentar sus intereses egoístas y personales de poder. Las revoluciones pueden
escenificarse, como el drama shakesperiano „Mucho Ruido para Nada“ (As You Like
It). A pesar de los „Sueños de una Noche de Verano“ (Mistakes of a Night), lo
demás ya se conoce, una vez que el espectáculo, el „golpe militar“ ha tenido
éxito. Si resulta victorioso, entonces el futuro historiador idealista lo
llamará „revolución“, y si no, será conocido como un „coup d’etat“, golpe de
Estado o contrarrevolución.
Para
este tipo de razonamiento y argumentación, son fundamentales dos ideas:
a.
Los
revolucionarios hacen la revolución.
b.
El
poder político es usurpado, por el nuevo grupo por medios violentos.
El
significado de revolución, como un evento político singular, con cambios
sociales fundamentales dentro de la estructura del Estado, se estableció
después de la „Revolución Gloriosa“ de 1688, en Inglaterra, cuando Guillermo de
Orange desembarcó causando la huida de Jacobo II. Esta huida se describió como
un milagro; la labor de un Ser Supremo, que no tenía nada que hacer con los
afanes y ambiciones de los hombres. Sin embargo, es importante hacer notar que
esta „Revolución Gloriosa“ se llevó a cabo sin la ayuda de los revolucionarios,
los que normalmente hacen la revolución. La situación legal de la nobleza
británica se había tornado insoportable; esto movió a Guillermo III a
establecer el status quo anterior. En realidad, podríamos considerar esto como
un acto verdaderamente antirrevolucionario. Pero desde entonces, a cada cambio
político en un país europeo se le ha llamado revolución.
Este
antiguo concepto „objetivista“ de revolución, se yergue en abierta
contradicción ante el nuevo concepto creado en vísperas de la Revolución Francesa.
La más valiosa contribución de la Revolución Francesa a la teoría
revolucionaria moderna, fue la de revelar que una revolución objetiva necesita
de revolucionarios subjetivos. Digamos, irónicamente, que esto constituyó el
logro político de la burguesía cuando aún era joven y revolucionaria. Los
representantes modernos de la burguesía cuando se refieren a las actividades de
los „terroristas“, olvidan esto deliberadamente.
Examinemos
someramente las ideas políticas de los filósofos franceses del s. XVIII que
fueron responsables del mencionado logro de la burguesía. Francois Marie Arout
de Voltaire (1694‑1778), aunque no vivió la experiencia de la Revolución
Francesa misma, hablaba ya de la „revolution des esprits“, la revolución de los
espíritus en el sentido de la Ilustración Francesa con lo cual quería referirse
al triunfo de la razón sobre la superstición, la libertad y emancipación del
hombre respecto a la fe ciega.
Esto
constituyó un ataque político al absolutismo feudalista y al gobierno aristocrático
instaurado por la „gracia de Dios“. Estas ideas nada tenían que ver con
terrorismo o conspiración en contra de un Estado absolutista, sino más bien con
la „revolucionización“ de la mente humana. Sin embargo, el concepto volteriano
de revolución, tenía poca relación con las ideas revolucionarias de los
demócratas radicales jacobinos, que bajo Marat y Robespierre querían completar
la revolución social burguesa. Voltaire era un reformista que esperaba que
algunos de los ilustrados líderes de la aristocracia, pudieran mediante la
razón, establecer la armonía social en la Francia absolutista. Según él,
Francia sólo necesitaba „40.000 sabios“ para salvarse. Igual que Montesquieu,
aborrecía el gobierno político de las masas del pueblo, prefiriendo un rey humanitario
con el pueblo, un rey‑filósofo platoniano, antes que cualquier régimen
popular.
Charles
Louis, Baron de Montesquieu (1689‑1755), representante de la primera
generación de líderes de la Ilustración Francesa, creía que las clases feudales
gobernantes no sólo estaban interesadas en defender sus privilegios
particulares, sino que también estaban interesadas en el bienestar general de
la nación, al cual debía alcanzar igualmente a las masas empobrecidas.
Jean
Jacques Rousseau (1712‑1778), entendió la revolución como parte del
progreso „civilizado“ de la humanidad. La revolución es, precisamente, un medio
para lograr este fin. Es de interés hacer notar que más tarde Marx y Engels
continuaron usando en sus trabajos estas nociones de naciones „civilizadas“ e
„incivilizadas“. Por supuesto, el llamado „Tercer Mundo“, integrado por Africa,
Asia y América Latina, era parte de ese mundo „incivilizado“. Rousseau era un
profeta de la venidera Revolución Francesa. En su tercer libro, El Emilio ,
declaraba que „la raza humana estaba próxima a un estado de crisis“, a un
„siglo de revoluciones“. Su concepto revolucionario era ambivalente: en la
revolución él veía destrucción, pero también, un cambio hacia mejores tiempos.
Sin embargo, al igual que Montesquieu y Voltaire aborrecía las sublevaciones de
masas y prefería la intolerable realidad social que criticaba con tanta
vehemencia, a cualquier forma de gobierno democrático de las masas. Incluso
hasta nuestros días, esto parece ser un principio del gobierno burgués.
Como
Voltaire, Rousseau confiaba en que una revolución de los espíritus produjese un
renacimiento de la humanidad. Luego, después de la Revolución Francesa, sus
protagonistas creían que la revolución en sí misma traería la salvación a
Francia y a todo el mundo „civilizado“.
Marie‑Jean‑Antoine
Caritat, Marqués de Condorcet (17431794) declaraba que, de acuerdo con las
eternas leyes de la razón y la naturaleza, la libertad tenía que ser edificada
sobre las ruinas del despotismo, y la igualdad sobre las de la aristocracia.
Desde luego, libertad (como la igualdad y la fraternidad) quería decir libertad
burguesa.
Emmanuel
Siéyes (1743‑1836), otro ideólogo de la Revolución Francesa y discípulo
de Rousseau, usó los conceptos de libertad y propiedad como sinónimos. Al igual
que John Locke (1632‑1714), defendía la libertad y propiedad burguesas.
La propiedad privada de la nobleza era un agravio contra el bienestar público,
porque era adquirida por herencia. La propiedad privada de la burguesía, ganada
mediante esfuerzos y logros personales, era una propiedad productiva y debía,
por tanto, ser resguardada por el Estado. Este es el origen del liberalismo
primario, el cual proclamaba que la nobleza feudal era parasitaria, superflua y
estéril, por consiguiente, vivía a expensas de la burguesía y de la nación
entera. De esta manera, no valía la pena poseer propiedades, o disfrutar de
derechos políticos. Por lo tanto, las clases feudales gobernantes, la nobleza y
el clero, eran „contrarrevolucionarios“ (Condorcet). Para defender los
intereses de la revolución, en 1793, Condorcet declaró que la Revolución
Francesa necesitaba de „revolucionarios“. De esta época datan estos conceptos.
Los revolucionarios burgueses y los socialistas y comunistas utópicos
introdujeron entonces los aspectos económicos, políticos y lucha de clases en
la revolución social.
Como
hemos visto, el teorema de que la revolución puede hacerse, tiene su origen en
las experiencias de la Revolución Francesa. Edmund Burke, mencionado
anteriormente, explicó los sucesos que rodearon esta revolución como el trabajo
de un grupo de agitadores que incitaron a las masas a acciones violentas. Estos
fueron „hombres de letras“, filósofos, ideólogos y corredores de bolsa. Un
antagonista de la Revolución Francesa, Abbé Barruel, explicó en forma clásica
en su libro Memoires por servir a I’Histoire du Jacobinisme, que las causas de
la revolución se encontraban totalmente en manos de conspiraciones previamente
bien organizadas. Entonces, Abbé Barruel resolvió el problema central en torno
a la organización de una revolución, haciendo, simplemente, una personalización
del proceso revolucionario. En la actualidad, este mecanismo ideológico es
usado todavía por las agencias internacionales de prensa cuando informan sobre
las luchas revolucionarias.
Ahora
bien, investiguemos el origen de la palabra „revolución“. La palabra
„revolutio“ (latín), apareció en Europa en la tardía Edad Media. Fue un
problema derivado del verbo latino revolvere, que significa revolverse, moverse
progresivamente hacia adelante en sentido circular, completando una revolución
o giro para llegar nuevamente al punto de partida; por ejemplo, el movimiento
de traslación de luna en su órbita circular alrededor de la Tierra. San Agustín
la usó, en su lucha contra los paganos, en el sentido de „reencarnación“. Los
paganos creían que el alma „viajaba“ incesantemente de un cuerpo a otro hasta
lograr su purificación. Para Dante, „revolutio“ es el movimiento cambiante del
sol, las estrellas y los planetas. Vemos entonces, que en las postrimerías del
s. XV la palabra „revolutio“ era un concepto astronómico pre‑político.
Luego, cuando se dieron los descubrimientos de los científicos naturales:
Copérnico (1473 1543), Galileo Galilei (1564‑1642) y Sir Isaac Newton
(1642‑1727), el término tomó una connotación físico‑política. Los
astrólogos del s. XVII creían que mediante la posición de los cuerpos celestes,
por el horóscopo, podían predecir la fe de los príncipes feudales, quienes
acudían a ellos en busca de consejo antes de ir a la guerra. Este método pre‑científico
es usado todavía en nuestros medios de comunicación para determinar los
patrones de comportamiento de los trabajadores en el capitalismo moderno. Sin
embargo, a partir del s. XVII, la gente creía que los sucesos políticos
dependían de los fenómenos físicos. Pensaban que las acciones políticas estaban
enmarcadas dentro del campo magnético de los poderes de la naturaleza.
Observemos que este fue un paso claramente revolucionario, lejano al de la
noción idealista, religiosa, de que la Providencia determina el comportamiento
humano. Desde entonces el prefijo „re“ no sólo significó una simple repetición,
sino que conlleva la idea de destrucción. La palabra „revolución“ incluyó
entonces un nuevo elemento, el cual iba más allá del alcance humano, más allá
del cálculo y la planificación.
La
palabra revolución recibió su connotación política con el origen mismo del
capitalismo. Se originó en las Ciudades‑Estados septentrionales de
Italia, donde el capitalismo se encontraba en su etapa embrionaria. Palabras
como „rivoltura“ y „rivoluziones“ eran usadas para describir serias rebeliones
sociales o descontento popular. Lo que estas palabras designaban exactamente,
puede compararse con la comprensión política actual de „desorden social“ o
„acontecimientos turbulentos“ en las cuestiones políticas internas o externas.
TEORIA‑PRAXIS REVOLUCIONARIA DE MARX
Como
dijimos anteriormente, durante la „Revolución Gloriosa“ de 1688, el término
revolución logró su significación como evento político singular. La Revolución
Francesa ha demostrado que todas las revoluciones sociales son revoluciones
„deseadas“. Así, al concepto revolución se le asigna un elemento político
subjetivo. Esto quiere decir que los revolucionarios y la consciencia revolucionaria
son elementos esenciales de una revolución social; de hecho, constituyen pre‑requisitos
para ponerla en marcha. Con los antecedentes de esta experiencia histórica de
la Revolución Francesa, Carlos Enrique Marx (1818‑1883) y Federico Engels
(1820‑1895) han desarrollado la teoría‑práxis revolucionaria del
Socialismo Científico, tal como está expresada en el Manifiesto Comunista de
1848. Esta línea de tradición revolucionaria se continuó en Europa desde 1789 ‑
1830 1848 ‑ 1871 ‑ 1905 hasta 1917. Heinz Rudolf Sonntag, en su
libro Marx y Lenin. Acerca de la Sociología de la Revolución, dice:
„‘La cuestión social’, ‘el movimiento social; ‘la revolución
social’, son categorías que predominan en el lapso de 1848 a 1918 y ello no
puede pasarse por alto. El problema de la ‘revolución social’ se convirtió en
problema clave. En torno a este fenómeno giraba el pensamiento del siglo XIX,
sin que importara la diferente valoración que se le daba, ni tampoco la
posición que se tenía frente a él. Marx está al principio de este desarrollo,
Lenin al final. Al comienzo se concibió la ‘revolución social’ como una parte
del (movimiento social’; como más o menos inevitable, como transformación de
una situación social en otra“ (1).
Por
tanto, es importante comprender exactamente cómo Marx, Engels y Lenin entendían
el concepto de revolución social. Por lo general, acerca de la teoría‑práxis
de la revolución‑emancipación de Marx, puede decirse lo siguiente:
a.
Marx
fue el primer autor que describió la esencia de los cambios sociales
fundamentales, como el resultado de la contradicción entre las fuerzas de
producción en desarrollo y las relaciones de producción obsoletas. En una
cierta etapa de desarrollo, las fuerzas sociales materiales de producción entran
en contradicción con las relaciones de producción ‘existentes, es decir, las
relaciones de propiedad dentro de las cuales ellas se habían desarrollado hasta
entonces. Después .de ser formas evolucionistas originales de las fuerzas de
producción, estas relaciones de producción se convierten ahora en cadenas de
las mismas. El resultado es que se inicia una época de revolución social.
b.
Un
modo de producción nunca desaparece antes de que todas sus fuerzas de
producción estén desarrolladas. Nunca aparecen nuevas y mejores relaciones de
producción, antes de que las condiciones materiales de existencia, necesarias
para su nacimiento, no estén ya presentes, en forma embrionaria, en el antiguo
modo de producción.
c.
La
revolución es caracterizada como un proceso, como una época. Generalmente, la
violencia revolucionario-emancipatoria, es imprescindible para romper la vieja
cáscara y dar a luz las nuevas relaciones de producción. Pero la violencia no
es, necesariamente, condición sine qua non de las revoluciones sociales.
d.
El
concepto revolución como proceso, es comparado con el concepto práxis, con la
revolución política. En el pasado, este acto político no ha ocurrido
exactamente en el punto donde la concentración de las nuevas fuerzas de
producción entran en contradicción con las obsoletas relaciones de producción.
En este sentido, la Revolución de Octubre fue prematura, y la futura revolución
de los Estados Unidos, bastante retrasada.
e.
Marx
y Engels opinaban que la revolución socialista se daría, simultáneamente, en todos
los países „civilizados“, altamente industrializados: Inglaterra, Estados
Unidos de América del Norte, Francia y Alemania. El mundo „no civilizado“
automáticamente se vería forzado a aceptar el modo de producción socialista (2). Sin
embargo, la Revolución Mundial que comenzó en octubre de 1917 no tomó el curso
previsto por Marx y Engels.
f.
Queda
claro que dentro de la teoría‑práxis marxista, de la revolución no puede
haber un modelo de revolución paradigmático, generalmente válido. Tampoco
existen las revoluciones clásicas.
g.
El
factor común de todas las revoluciones es, que las condiciones de explotación
social se tornan tan insoportables para las masas trabajadoras, que la mayoría
de ellas es preparada para poner su vida en juego, en revueltas constantes
contra los gobernantes, que ya no son capaces de resolver los ingentes
problemas sociales.
h.
El
único punto claro es, que con la Revolución Bolchevique de 1917, la época de la
revolución social entre capitalismo y socialismo, quedó instaurada. En otras
palabras, el proceso de la revolución proletaria mundial comenzó.
i.
Esta
revolución proletaria mundial, que se refleja en las actuales crisis
internacionales del capitalismo, a escala global, tiene como elementos
importantes: la revolución científico‑tecnológica, el rápido desarrollo
de las fuerzas productivas, y la lucha emancipatoria de las naciones, a escala
mundial.
NOTAS
(1)
HEINZ, Rudolf Sonntag; Marx y Lenin. Acerca de la
Sociología de la Revolución. Caracas: U.C.V., 1974, p. 19.
(2)
El
marxismo ortodoxo no está haciendo una clara distinción entre socialismo y
comunismo.