CAPITULO TERCERO

 

EL CONCEPTO DE REVOLUCION

 

¡Paz quiere decir Revolución Proletaria Mundial!

Rosa Luxemburgo.

 

A partir de las Revoluciones Francesa, Americana e Industrial Inglesa, muchos autores han realizado serios intentos científicos para explicar los trascendentales cambios histórico‑sociales que se produjeron en Europa y América del Norte durante el s. XVIII y el s. XIX. Dentro de este contexto, se abordarán algunos de los aportes originales en los campos de la Historia y la Sociología Política.

 

Agustín Thierry (1795‑1856), brillante figura de la historiografía francesa, consideró al desarrollo nacional como una lucha entre dos estirpes mayores: los invasores y los invadidos. Otro historiador francés, Francois Pierre Guillaume Guizot (1787‑1874), quien entre 1829 y 1832 escribió los seis volúmenes de su Historia General de la Civilización en la Europa Moderna, al igual que Thierry, interpretó las mencionadas revoluciones sociales como luchas entre clases sociales. Louis Adolpht Thiers (1797‑1877), Primer Ministro de Francia entre los años 1836‑1840, Presidente de la Tercera República Francesa entre 1871‑1873 y prominente historiador europeo de su época, junto con Thierry y Guizot, se cuenta entre los respetables eruditos que inspiraron a Carlos Marx y Federico Engels en el desarrollo de su teoría sobre la lucha de clases, a mediados del s. XIX.

 

Desde las Reflexiones sobre la Revolución Francesa de Edmund Burke (1729‑1797), hasta los autores contemporáneos de la „teoría de la dependencia“, existe un enlace histórico directo entre los intelectuales que intentaron explicar la esencia y las leyes evolucionistas del „cambio social“ o „revolución social“. Estos autores, independientemente de sus ideas políticas específicas, trataron de determinar las múltiples causas, precondiciones, estrategias, tácticas y consecuencias del „cambio social“, dentro de un sistema de sofisticados conceptos y categorías de las ciencias sociales.

 

Especialmente desde el fracaso de la Comuna de París en 1871, aparecieron a escala global numerosos trabajos teóricos de revolucionarios radicales. El fracaso de la Primera Revolución Rusa en 1905 y el éxito de la Segunda en 1917, se debió a la problemática de la revolución a un nivel central dentro del campo de la Sociología Política. Las múltiples revoluciones coloniales de la década de los sesenta habían exagerado este problema, y numerosas teorías sobre el „cambio social“ fueron formuladas por autores no marxistas. Bien conocida es la „teoría de la revolución“ de Chalmers Johnson (Revolutionary Change, 1966), la cual se convirtió en el prototipo del modelo revolucionario de „la teoría de los sistemas“. Autores marxistas como Ernest Mandel, han criticado estos modelos burgueses, de cuyo análisis final se desprende que pretenden mantener el status quo capitalista a escala mundial.

 

Sin embargo, la ciencia social „oficial“ contemporánea, es limitada para explicar los cambios sociales actuales o revolucionarios, tanto como para analizar las guerras. No obstante, ambas fuerzas ‑ revoluciones y guerras ‑ pertenecen al fenómeno histórico más relevante del s. XX. Las guerras, revoluciones y contrarrevoluciones agitan al mundo contemporáneo, empero, aún no constituyen materia definida de alguna disciplina específica, como lo es, por ejemplo, la Ciencia Política en las universidades. Se les ha considerado, más bien, subordinadas a otras materias importantes como la „Historia del Pensamiento Político“, o „Sistemas Políticos Contemporáneos“. A menudo, los estudios sobre esta materia, digamos por ejemplo, un curso de Teoría‑Práxis‑Revolucionario‑Emancipatoria, será de poco interés en la mayoría de las universidades occidentales, de la misma forma en que la teología declaró tabú a la ciencia natural durante la Edad Media en Europa.

 

Conceptos como revolución o contrarrevolución son de difícil determinación científica, especialmente cuando se emplea el método de la lógica formal, que ha dominado al mundo desde Aristóteles. Estos fenómenos tienen la característica esencial de ser incompletos, procesales y anticipatorios, características que no son compatibles con la norma de fijar conceptos en forma general, concediéndoles significados absolutos. A = A, una máquina es siempre una máquina, no importa qué cambios se produzcan. En capítulos anteriores hemos subrayado las limitaciones de la Lógica Formal y sus implicaciones ideológicas. Cuando una teoría de esta naturaleza trata de explicar procesos mundiales como .las revoluciones, no hace sino verificar, una y otra vez, las marcadas deficiencias de la visión idealista de la historia y de la vida humana en general. No obstante, ya a comienzos del s . XIX, hace más de 150 años, el filósofo idealista alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770‑1831), había sistematizado el método dialéctico de razonar lógicamente. Todavía hoy, la mayoría de los autores modernos de las ciencias sociales, separan la teoría científica de la práxis científica, tal como lo hacía, parcialmente, Aristóteles (384‑322 a.C.).

 

 

GENESIS DEL CONCEPTO „REVOLUCION“

 

En estos momentos, especialmente en el llamado „Tercer Mundo“, existen razones sociales suficientes para reconsiderar, reevaluar y redefinir el concepto de revolución. Desde luego, esta no es una pretensión científica fácil. Revolución es el tópico fundamental de los fenómenos que han llegado a ser conocidos como „Socialismo“, „Comunismo“ o „Marxismo‑Leninismo“, cuestiones no muy queridas en el mundo occidental. Los autores burgueses a mediados del s. XVIII, Rousseau, Voltaire, o Montesquieu, estuvieron bastante familiarizados con el feudalismo y el catolicismo, los eternos enemigos del capitalismo en su lucha por el poder. Esta es la razón por la cual la clase burguesa fue revolucionaria (pero no emancipatoria) y pudo, históricamente, tener éxito.

 

¿Cómo puede el capitalismo luchar contra el comunismo cuando las masas del pueblo y los que ocupan posiciones relevantes de control social, no tienen la más leve noción de lo que es el marxismo? Igualmente, ¿Cómo podemos erradicar una forma de producción históricamente involucionaria e introducir una nueva, que sirva a los intereses de toda la humanidad, si no conocemos absolutamente nada de las contradicciones y crisis del capitalismo?


 

Las dos revoluciones „clásicas“, la Francesa de 1789 y la Rusa en octubre de 1917, introdujeron ambas, las etapas iniciales de un nuevo modo de producción, el capitalismo y el socialismo, respectivamente. Pero sólo pueden explicar con limitaciones las causas básicas, las dinámicas sociales, los estados históricos latentes y las tendencias de las numerosas revoluciones sociales actuales que agitan especialmente a Africa, Asia y América Latina.

 

Los conceptos y categorías logrados a partir del análisis crítico de las modernas sociedades industrializadas, altamente desarrolladas, no pueden aplicarse directamente a los países „en vías de desarrollo“; del mismo modo, los conceptos clásicos marxistas relativos a la explotación, clases o imperialismo, no pueden utilizarse como simples moldes para explicar las realidades del „Tercer Mundo“. Esto lo demostró el conflicto entre los autores marxistas de la „dependencia“ y los llamados neo‑marxistas en las décadas de los años sesenta y setenta.

 

Así como también, la aplicación de tácticas y estrategias de guerra de guerrillas que llevaron a Vietnam y a Cuba a condiciones revolucionarias frente a la metrópoli. A partir de los sesenta se origina una violenta discusión internacional, iniciada especialmente por Herbert Marcuse, relativa a la ubicación del problema actual de la revolución en el contexto de la lucha emancipatoria mundial. La cuestión es por demás seria, porque, al menos en las últimas décadas, las clases’ obreras de los países altamente industrializados, como la República Federal Alemana o los Estados Unidos de América del Norte, no han logrado realizar plenamente su histórica tarea revolucionaria, tal como lo especificó originalmente, en forma esperanzadora, la teoría‑praxis revolucionaria marxista. Luego, ¿Qué es la revolución?

 

Comencemos con la noción actualmente aceptada de revolución. En la primera acepción de esta palabra, normalmente encontramos la idea de una alteración violenta, resultado generalmente del trabajo de un grupo „terrorista“ conspirador, preferiblemente „marxista“, „comunista“ o „fascista“ que quiere subvertir el orden democrático del Estado; este grupo prepara y efectúa la revolución. Punto de vista que se basa en la filosofía del idealismo vulgar, y según la cual, la causa principal o sustancia es la idea, o un Ser Supremo. Grandes ideas hacen historia; grandes hombres como Napoleón, Khomeiny o Castro, solamente hacen historia, y, por consiguiente, grandes revolucionarios como Ho Chi Minh, Mao Tse‑Tung, Castro o el Ché Guevara,, hacen revolución. En este sentido, la revolución es una cosa subjetiva, el trabajo de individuos. Ciertamente, líderes populares individuales como Castro o Mugabe, juegan un papel decisivo en la historia y en las revoluciones, especialmente en los países del „Tercer Mundo“. Pero esto no lo pueden realizar dentro de una jaula de cristal, aislados de la sociedad y de las fuerzas históricas, aunque tengan las más grandes ideas revolucionarias.

 

Siguiendo la mencionada línea del pensamiento idealista, los „comunistas“ y „marxistas“, en su papel de „terroristas“ utilizan a las masas ignorantes, así como las armas procedentes de los países „comunistas“ y la ideología „marxista“ para fomentar sus intereses egoístas y personales de poder. Las revoluciones pueden escenificarse, como el drama shakesperiano „Mucho Ruido para Nada“ (As You Like It). A pesar de los „Sueños de una Noche de Verano“ (Mistakes of a Night), lo demás ya se conoce, una vez que el espectáculo, el „golpe militar“ ha tenido éxito. Si resulta victorioso, entonces el futuro historiador idealista lo llamará „revolución“, y si no, será conocido como un „coup d’etat“, golpe de Estado o contrarrevolución.

 

Para este tipo de razonamiento y argumentación, son fundamentales dos ideas:

 

a.     Los revolucionarios hacen la revolución.

 

b.    El poder político es usurpado, por el nuevo grupo por medios violentos.

 

El significado de revolución, como un evento político singular, con cambios sociales fundamentales dentro de la estructura del Estado, se estableció después de la „Revolución Gloriosa“ de 1688, en Inglaterra, cuando Guillermo de Orange desembarcó causando la huida de Jacobo II. Esta huida se describió como un milagro; la labor de un Ser Supremo, que no tenía nada que hacer con los afanes y ambiciones de los hombres. Sin embargo, es importante hacer notar que esta „Revolución Gloriosa“ se llevó a cabo sin la ayuda de los revolucionarios, los que normalmente hacen la revolución. La situación legal de la nobleza británica se había tornado insoportable; esto movió a Guillermo III a establecer el status quo anterior. En realidad, podríamos considerar esto como un acto verdaderamente antirrevolucionario. Pero desde entonces, a cada cambio político en un país europeo se le ha llamado revolución.

 

Este antiguo concepto „objetivista“ de revolución, se yergue en abierta contradicción ante el nuevo concepto creado en vísperas de la Revolución Francesa. La más valiosa contribución de la Revolución Francesa a la teoría revolucionaria moderna, fue la de revelar que una revolución objetiva necesita de revolucionarios subjetivos. Digamos, irónicamente, que esto constituyó el logro político de la burguesía cuando aún era joven y revolucionaria. Los representantes modernos de la burguesía cuando se refieren a las actividades de los „terroristas“, olvidan esto deliberadamente.

 

Examinemos someramente las ideas políticas de los filósofos franceses del s. XVIII que fueron responsables del mencionado logro de la burguesía. Francois Marie Arout de Voltaire (1694‑1778), aunque no vivió la experiencia de la Revolución Francesa misma, hablaba ya de la „revolution des esprits“, la revolución de los espíritus en el sentido de la Ilustración Francesa con lo cual quería referirse al triunfo de la razón sobre la superstición, la libertad y emancipación del hombre respecto a la fe ciega.

 

Esto constituyó un ataque político al absolutismo feudalista y al gobierno aristocrático instaurado por la „gracia de Dios“. Estas ideas nada tenían que ver con terrorismo o conspiración en contra de un Estado absolutista, sino más bien con la „revolucionización“ de la mente humana. Sin embargo, el concepto volteriano de revolución, tenía poca relación con las ideas revolucionarias de los demócratas radicales jacobinos, que bajo Marat y Robespierre querían completar la revolución social burguesa. Voltaire era un reformista que esperaba que algunos de los ilustrados líderes de la aristocracia, pudieran mediante la razón, establecer la armonía social en la Francia absolutista. Según él, Francia sólo necesitaba „40.000 sabios“ para salvarse. Igual que Montesquieu, aborrecía el gobierno político de las masas del pueblo, prefiriendo un rey humanitario con el pueblo, un rey‑filósofo platoniano, antes que cualquier régimen popular.

 

Charles Louis, Baron de Montesquieu (1689‑1755), representante de la primera generación de líderes de la Ilustración Francesa, creía que las clases feudales gobernantes no sólo estaban interesadas en defender sus privilegios particulares, sino que también estaban interesadas en el bienestar general de la nación, al cual debía alcanzar igualmente a las masas empobrecidas.

 

Jean Jacques Rousseau (1712‑1778), entendió la revolución como parte del progreso „civilizado“ de la humanidad. La revolución es, precisamente, un medio para lograr este fin. Es de interés hacer notar que más tarde Marx y Engels continuaron usando en sus trabajos estas nociones de naciones „civilizadas“ e „incivilizadas“. Por supuesto, el llamado „Tercer Mundo“, integrado por Africa, Asia y América Latina, era parte de ese mundo „incivilizado“. Rousseau era un profeta de la venidera Revolución Francesa. En su tercer libro, El Emilio , declaraba que „la raza humana estaba próxima a un estado de crisis“, a un „siglo de revoluciones“. Su concepto revolucionario era ambivalente: en la revolución él veía destrucción, pero también, un cambio hacia mejores tiempos. Sin embargo, al igual que Montesquieu y Voltaire aborrecía las sublevaciones de masas y prefería la intolerable realidad social que criticaba con tanta vehemencia, a cualquier forma de gobierno democrático de las masas. Incluso hasta nuestros días, esto parece ser un principio del gobierno burgués.

 

Como Voltaire, Rousseau confiaba en que una revolución de los espíritus produjese un renacimiento de la humanidad. Luego, después de la Revolución Francesa, sus protagonistas creían que la revolución en sí misma traería la salvación a Francia y a todo el mundo „civilizado“.

 

Marie‑Jean‑Antoine Caritat, Marqués de Condorcet (17431794) declaraba que, de acuerdo con las eternas leyes de la razón y la naturaleza, la libertad tenía que ser edificada sobre las ruinas del despotismo, y la igualdad sobre las de la aristocracia. Desde luego, libertad (como la igualdad y la fraternidad) quería decir libertad burguesa.

 


Emmanuel Siéyes (1743‑1836), otro ideólogo de la Revolución Francesa y discípulo de Rousseau, usó los conceptos de libertad y propiedad como sinónimos. Al igual que John Locke (1632‑1714), defendía la libertad y propiedad burguesas. La propiedad privada de la nobleza era un agravio contra el bienestar público, porque era adquirida por herencia. La propiedad privada de la burguesía, ganada mediante esfuerzos y logros personales, era una propiedad productiva y debía, por tanto, ser resguardada por el Estado. Este es el origen del liberalismo primario, el cual proclamaba que la nobleza feudal era parasitaria, superflua y estéril, por consiguiente, vivía a expensas de la burguesía y de la nación entera. De esta manera, no valía la pena poseer propiedades, o disfrutar de derechos políticos. Por lo tanto, las clases feudales gobernantes, la nobleza y el clero, eran „contrarrevolucionarios“ (Condorcet). Para defender los intereses de la revolución, en 1793, Condorcet declaró que la Revolución Francesa necesitaba de „revolucionarios“. De esta época datan estos conceptos. Los revolucionarios burgueses y los socialistas y comunistas utópicos introdujeron entonces los aspectos económicos, políticos y lucha de clases en la revolución social.

 

Como hemos visto, el teorema de que la revolución puede hacerse, tiene su origen en las experiencias de la Revolución Francesa. Edmund Burke, mencionado anteriormente, explicó los sucesos que rodearon esta revolución como el trabajo de un grupo de agitadores que incitaron a las masas a acciones violentas. Estos fueron „hombres de letras“, filósofos, ideólogos y corredores de bolsa. Un antagonista de la Revolución Francesa, Abbé Barruel, explicó en forma clásica en su libro Memoires por servir a I’Histoire du Jacobinisme, que las causas de la revolución se encontraban totalmente en manos de conspiraciones previamente bien organizadas. Entonces, Abbé Barruel resolvió el problema central en torno a la organización de una revolución, haciendo, simplemente, una personalización del proceso revolucionario. En la actualidad, este mecanismo ideológico es usado todavía por las agencias internacionales de prensa cuando informan sobre las luchas revolucionarias.

 

Ahora bien, investiguemos el origen de la palabra „revolución“. La palabra „revolutio“ (latín), apareció en Europa en la tardía Edad Media. Fue un problema derivado del verbo latino revolvere, que significa revolverse, moverse progresivamente hacia adelante en sentido circular, completando una revolución o giro para llegar nuevamente al punto de partida; por ejemplo, el movimiento de traslación de luna en su órbita circular alrededor de la Tierra. San Agustín la usó, en su lucha contra los paganos, en el sentido de „reencarnación“. Los paganos creían que el alma „viajaba“ incesantemente de un cuerpo a otro hasta lograr su purificación. Para Dante, „revolutio“ es el movimiento cambiante del sol, las estrellas y los planetas. Vemos entonces, que en las postrimerías del s. XV la palabra „revolutio“ era un concepto astronómico pre‑político. Luego, cuando se dieron los descubrimientos de los científicos naturales: Copérnico (1473 1543), Galileo Galilei (1564‑1642) y Sir Isaac Newton (1642‑1727), el término tomó una connotación físico‑política. Los astrólogos del s. XVII creían que mediante la posición de los cuerpos celestes, por el horóscopo, podían predecir la fe de los príncipes feudales, quienes acudían a ellos en busca de consejo antes de ir a la guerra. Este método pre‑científico es usado todavía en nuestros medios de comunicación para determinar los patrones de comportamiento de los trabajadores en el capitalismo moderno. Sin embargo, a partir del s. XVII, la gente creía que los sucesos políticos dependían de los fenómenos físicos. Pensaban que las acciones políticas estaban enmarcadas dentro del campo magnético de los poderes de la naturaleza. Observemos que este fue un paso claramente revolucionario, lejano al de la noción idealista, religiosa, de que la Providencia determina el comportamiento humano. Desde entonces el prefijo „re“ no sólo significó una simple repetición, sino que conlleva la idea de destrucción. La palabra „revolución“ incluyó entonces un nuevo elemento, el cual iba más allá del alcance humano, más allá del cálculo y la planificación.

 

La palabra revolución recibió su connotación política con el origen mismo del capitalismo. Se originó en las Ciudades‑Estados septentrionales de Italia, donde el capitalismo se encontraba en su etapa embrionaria. Palabras como „rivoltura“ y „rivoluziones“ eran usadas para describir serias rebeliones sociales o descontento popular. Lo que estas palabras designaban exactamente, puede compararse con la comprensión política actual de „desorden social“ o „acontecimientos turbulentos“ en las cuestiones políticas internas o externas.

 

 

TEORIA‑PRAXIS REVOLUCIONARIA DE MARX

 

Como dijimos anteriormente, durante la „Revolución Gloriosa“ de 1688, el término revolución logró su significación como evento político singular. La Revolución Francesa ha demostrado que todas las revoluciones sociales son revoluciones „deseadas“. Así, al concepto revolución se le asigna un elemento político subjetivo. Esto quiere decir que los revolucionarios y la consciencia revolucionaria son elementos esenciales de una revolución social; de hecho, constituyen pre‑requisitos para ponerla en marcha. Con los antecedentes de esta experiencia histórica de la Revolución Francesa, Carlos Enrique Marx (1818‑1883) y Federico Engels (1820‑1895) han desarrollado la teoría‑práxis revolucionaria del Socialismo Científico, tal como está expresada en el Manifiesto Comunista de 1848. Esta línea de tradición revolucionaria se continuó en Europa desde 1789 ‑ 1830 1848 ‑ 1871 ‑ 1905 hasta 1917. Heinz Rudolf Sonntag, en su libro Marx y Lenin. Acerca de la Sociología de la Revolución, dice:

 

„‘La cuestión social’, ‘el movimiento social; ‘la revolución social’, son categorías que predominan en el lapso de 1848 a 1918 y ello no puede pasarse por alto. El problema de la ‘revolución social’ se convirtió en problema clave. En torno a este fenómeno giraba el pensamiento del siglo XIX, sin que importara la diferente valoración que se le daba, ni tampoco la posición que se tenía frente a él. Marx está al principio de este desarrollo, Lenin al final. Al comienzo se concibió la ‘revolución social’ como una parte del (movimiento social’; como más o menos inevitable, como transformación de una situación social en otra“ (1).

 

Por tanto, es importante comprender exactamente cómo Marx, Engels y Lenin entendían el concepto de revolución social. Por lo general, acerca de la teoría‑práxis de la revolución‑emancipación de Marx, puede decirse lo siguiente:


 

a.     Marx fue el primer autor que describió la esencia de los cambios sociales fundamentales, como el resultado de la contradicción entre las fuerzas de producción en desarrollo y las relaciones de producción obsoletas. En una cierta etapa de desarrollo, las fuerzas sociales materiales de producción entran en contradicción con las relaciones de producción ‘existentes, es decir, las relaciones de propiedad dentro de las cuales ellas se habían desarrollado hasta entonces. Después .de ser formas evolucionistas originales de las fuerzas de producción, estas relaciones de producción se convierten ahora en cadenas de las mismas. El resultado es que se inicia una época de revolución social.

 

b.    Un modo de producción nunca desaparece antes de que todas sus fuerzas de producción estén desarrolladas. Nunca aparecen nuevas y mejores relaciones de producción, antes de que las condiciones materiales de existencia, necesarias para su nacimiento, no estén ya presentes, en forma embrionaria, en el antiguo modo de producción.

 

c.     La revolución es caracterizada como un proceso, como una época. Generalmente, la violencia revolucionario-emancipatoria, es imprescindible para romper la vieja cáscara y dar a luz las nuevas relaciones de producción. Pero la violencia no es, necesariamente, condición sine qua non de las revoluciones sociales.

 

d.    El concepto revolución como proceso, es comparado con el concepto práxis, con la revolución política. En el pasado, este acto político no ha ocurrido exactamente en el punto donde la concentración de las nuevas fuerzas de producción entran en contradicción con las obsoletas relaciones de producción. En este sentido, la Revolución de Octubre fue prematura, y la futura revolución de los Estados Unidos, bastante retrasada.

 

e.    Marx y Engels opinaban que la revolución socialista se daría, simultáneamente, en todos los países „civilizados“, altamente industrializados: Inglaterra, Estados Unidos de América del Norte, Francia y Alemania. El mundo „no civilizado“ automáticamente se vería forzado a aceptar el modo de producción socialista (2). Sin embargo, la Revolución Mundial que comenzó en octubre de 1917 no tomó el curso previsto por Marx y Engels.

 

f.       Queda claro que dentro de la teoría‑práxis marxista, de la revolución no puede haber un modelo de revolución paradigmático, generalmente válido. Tampoco existen las revoluciones clásicas.

 

g.    El factor común de todas las revoluciones es, que las condiciones de explotación social se tornan tan insoportables para las masas trabajadoras, que la mayoría de ellas es preparada para poner su vida en juego, en revueltas constantes contra los gobernantes, que ya no son capaces de resolver los ingentes problemas sociales.

 

h.     El único punto claro es, que con la Revolución Bolchevique de 1917, la época de la revolución social entre capitalismo y socialismo, quedó instaurada. En otras palabras, el proceso de la revolución proletaria mundial comenzó.

 

i.        Esta revolución proletaria mundial, que se refleja en las actuales crisis internacionales del capitalismo, a escala global, tiene como elementos importantes: la revolución científico‑tecnológica, el rápido desarrollo de las fuerzas productivas, y la lucha emancipatoria de las naciones, a escala mundial.


NOTAS

 

(1)          HEINZ, Rudolf Sonntag; Marx y Lenin. Acerca de la Sociología de la Revolución. Caracas: U.C.V., 1974, p. 19.

 

(2)          El marxismo ortodoxo no está haciendo una clara distinción entre socialismo y comunismo.