¿Qué es el Imperialismo?

 

Por: Jutta Schmitt


Índice

 

Introducción

El Término Imperialismo

Teorías Burguesas del Imperialismo

Teorías Marxistas Clásicas del Imperialismo

El Capital Financiero de Rudolf Hilferding

La Acumulación del Capital de Rosa Luxemburgo

Resumen Preliminar: Carácter Inevitable del Imperialismo

Lenin: El Imperialismo, Fase Superior del Capitalismo

Significado de las Teorías Marxistas Clásicas del Imperialismo

Teoría de la Dependencia

Imperialismo y Globalización

Conclusión

 

 

Introducción

 

Nuevamente, la palabra imperialismo se ha puesto en boga. Aun cuando no nos recordamos quién fue que la desempol­vó y cuándo exactamente volvió a entrar al escenario para formar parte de nuestro vocabulario diario y asentarse en nuestras conciencias, ahí está, más fresca y actual que nunca. Lo cierto es que en el transcurso del proceso de transformación que hemos vivido en Venezuela a partir de la victoria electoral del presidente Chávez en 1998 y a raíz de la dialéctica entre los avances de las nuevas fuerzas bolivarianas y los contra ­ataques, golpes y sabotajes de la vieja clase política destituida, "el imperialismo" empezó a aparecer como la explicación principal de qué o quién nos estaba atacando y nos sigue agrediendo.

 

"El imperialismo" forma parte intrínseca de nuestros pensamientos y nuestra realidad diaria. Ya no es "posesión exclusiva" de los análisis de una izquierda radical, sino que ha alcanzado un radio de difusión mucho más amplio, ha penetrado todos los rincones del país, ha inundado el campo, ha subido los cerros y se ha atrincherado en los barrios. Nos hemos acostumbrado a ver y escuchar este término en un sinnúmero de programas de radio y televisión, y en reportajes, análisis y columnas de opinión en los diarios y semanarios de circulación nacional, sobre todo en los que apoyan el proceso de transformación liderado por el presidente Hugo Chávez Frías. Es un término que suena y truena a lo largo de nuestro espectro radio­eléctrico, que nos acompaña con cada paso que caminamos cuando nos adentramos al paisaje de la prensa escrita para recorrer sus noticias, y que aparece constantemente en nuestras propias reflexiones sobre la reali­dad nacional y mundial que estamos vivien­do en este momento.

 

Aparentemente, todos nos entendemos cuando hablamos del imperialismo y todos estamos familiarizados con el contenido y la definición de este término. "Imperialismo" es, sencillamente, la actuación agresiva e invasora del "Imperio norteamericano" en contra de nuestros países latinoamericanos y caribeños, con una larga y amarga trayec­toria histórica. También tenemos claro que el alcance del imperialismo norteamericano no se limita a nuestro hemisferio únicamen­te, sino que ha afectado y sigue afectando a una gran parte de los países del mundo, por no decir al globo terráqueo entero. Este significado lo hemos asimilado y aprendido precisamente por nuestros medios de comu­nicación progresistas y alternativos, retrans­mitiéndolo tal cual en cada discusión que tenemos entre compatriotas, camaradas, amigas y amigos. Sin embargo, parece que también existen otras concepciones del im­perialismo, o por lo menos diferentes varia­ciones de éste, por lo que haremos un breve recorrido a través de ellas para luego poder compararlas con nuestro propio concepto y determinar si de pronto hace falta una recti­ficación o precisión del término.

 

Como acabamos de observar, la más co­mún, conocida y aceptada interpretación es sin duda la que simplemente equipara el im­perialismo con "los EE.UU.", o en algunos casos de mayor precisión, con el Gobierno de los EE.UU., específicamente con su polí­tica exterior agresiva y exclusivamente par­cializada a favor de sus propios intereses. Este entendimiento del término lo ilustra de mejor manera un dicho, según el cual "los EE.UU. no conocen ni amigos ni enemigos, sino sólo sus intereses egoístas y el cálculo frío de la ventaja propia por encima de los demás".

 

En esta línea de categorización argumenta la mayoría absoluta de los artículos que se publican semanalmente a lo largo del espectro impreso, defensor del proceso. Sus autores equiparan el imperialismo, en primer lugar, con la política exterior norteamericana invasora, que nos quiere implantar su modelo consumista devastador, degradante en lo humano e insostenible en lo ecológico, y que no nos ha traído más que intervenciones y destrucción de todo tipo, esto es, injerencias abiertas y encubiertas, imposiciones directas e indirectas, explotación económica, subdesarrollo, guerras inadvertidas, genocidios, traición, violación de los derechos humanos y desequilibrio del sistema internacional; en una palabra, que nos ha plagado, en nombre de la libertad, con la pro­verbial miseria de la cual nos advirtió Simón Bolívar en su famosa predicción. En fin, se asocia o equipara el imperialismo con casi todas las calamidades que hoy aquejan a la humanidad, sobre todo y específicamente a los seres humanos que habitamos en el así llamado Tercer Mundo.

 

En segundo lugar, y en vez de utilizar el término imperialismo, se suele emplear la palabra imperio para denotar la misma cosa, por cierto, con una connotación mu­cho más personificada. Así es como muchos autores se refieren al "imperio" en términos de "arrogante", "impostor", "provocador", "tramposo", "egoísta" e "inhumano", "te­naz" en la persecución de sus objetivos trazados, "flexible" en la adopción de sus métodos y "ambiguo" en las caras que le demuestra al mundo. En algunos casos hasta se ha llegado a adscribirle un comportamiento animal, comparándolo por ejemplo con el de los perros prohibidos por el alcalde Bernal, que destrozan a sus víctimas "hasta verles el hueso". En otra variante de la personificación del imperio, a éste se le concibe como el hermano mayor, quien, gracias al sistema satelital de posicionamiento global, nos puede convertir de un momento al otro en un blanco militar mediante la revelación, en Internet, de nuestras coordenadas exactas, con la orden de "bombardear aquí".

 

También y en este orden de ideas, se asocia el imperialismo con la mentira, el pensamiento único, el cinismo, la hipocresía, la cobardía y la megalomanía, e inclusive se le llega a equiparar con una enfermedad mental, tal y como lo hace el académico Noam Chomsky al referirse sobre los planes de Estados Unidos contra Cuba como el "reflejo de una mentalidad imperial que es imperceptible para quienes padecen esta enfermedad". En el marco de una personificación aún más directa, se refiere al actual presidente de los EE.UU., George W. Bush, como la máxima expresión del "imperio" y hasta se le llama "el Emperador", quien moviliza todo lo que está a su alcance para imposibilitar la vida a sus adversarios e impedir que sus gobiernos legítimamente constituidos puedan gobernar en paz. "El imperio" es una especie de patrón, en cuya nómina figura un verdadero ejército de lacayos de todo tipo, que está directamente a las órdenes de G. W. Bush, el "Emperador". El propio presidente Chávez ha recurrido a esta personificación directa al rebautizar a G. W. Bush, antes conocido como "Mr. Danger", con un nuevo nombre, "Mr. Diablo", contra quien se libra la próxima batalla electoral en verdad. Así es como todos hemos llegado a asumir, tal y como nos han reiterado tantas veces, que en el fondo, la verdadera pelea es contra "el imperio", condensado en el Gobierno norteamericano y sobre todo en la figura de G. W. Bush.

 

De esta manera, "el Imperio" se ha convertido en algo casi orgánico: vive, respira, conspira, observa, ataca, se retira, se lame sus heridas, ataca de nuevo, odia a sus ad­versarios desde las entrañas y desata toda su brutalidad en contra de un enemigo decla­rado. Todos percibimos claramente que des­de "el impero" se emana destrucción, odio, división, traición, injusticia, competencia a vida y muerte, desequilibrio grotesco, feti­chismo de la muerte, desprecio y cinismo, y todos tenemos claro que el imperialismo es más que una amenaza: es el peligro más grande que haya conocido la humanidad. Y tal y como nos sugieren nuestros analistas, comentaristas y conocedores del imperialis­mo, estamos dispuestos a dar lo mejor de nosotros y contraponer a este monstruo la vida, el amor, la hermandad, la sinceridad, la justicia, la solidaridad, la equidad, el humanismo, la moral y las luces... en una palabra, la lucha anti‑imperialista, en función de construir un nuevo orden internacional multipolar justo y equitativo, en el que se fomente el desarrollo sustentable para todos, se respete la soberanía nacional, la diversidad cultural, los derechos humanos, el equilibrio ecológico, y reine la famosa máxima Benthamiana‑Bolivariana, según la cual, la meta de toda gestión de gobierno debe ser el que se alcance la mayor suma de felicidad para el mayor número de personas.

 

El reto es grande. Somos conscientes de que algo hay que pensar y algo hay hacer en contra del imperialismo con toda la urgencia que amerita el caso, porque obviamente estamos confrontados con un pro­blema de magnitud enorme. Sin embargo, vale preguntarse si realmente sabemos a qué nos estamos enfrentando o qué exac­tamente es el imperialismo, más allá de las caracterizaciones cotidianas que le estamos dando. Cabe señalar que aun cuando sí existen, son muy escasas aquellas definicio­nes del término imperialismo que se salen de los parámetros que acabamos de ilustrar y que de algún modo tratan de profundizar la definición explicando el fenómeno con base en los mecanismos del mercado mun­dial y las estructuras del propio modo de producción capitalista, establecidas a nivel global. En este orden de ideas, en nuestros medios escritos sólo se ven algunos esfuerzos más bien aislados de explicar el imperialismo como una nueva etapa del capitalismo en su fase de globalización, en la que sus instituciones principales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual y los Tratados de Libre Comercio, tratan de imponer el neoliberalismo en todas sus dimensiones en todos los rincones de la Tierra.

 

Ahora bien, y tomando en cuenta nuestras caracterizaciones iniciales, surgen las siguientes interrogantes: ¿Está el concepto imperialismo inexorablemente atado al de una nación o potencia? En este mismo sentido, ¿pueden existir diferentes "imperialismos" según el número de las naciones o potencias que compiten entre sí? Y, considerando la progresiva interrelación de los capitales en el ámbito mundial, la internacionalización del comercio, de las finanzas y de la producción, fenómenos propios de la globalización; considerando además que en un sentido netamente económico‑productivo los estados nacionales, "soberanos e independientes" han dejado de existir desde hace mucho tiempo, ¿no es inadecuado el que sigamos equiparando el imperialismo con una sola nación, o el que sigamos utilizando este concepto en primer lugar? ¿Es cuestión de definición? ¿Cuántos conceptos diferentes del imperialismo hay y cómo se diferencian el uno del otro?

 

Para poder aproximarnos a una respuesta a todas estas preguntas, vamos a empren­der un recorrido sintetizado de algunas de las concepciones o teorías del imperialismo más importantes, lo cual nos ayudará en comprender qué es lo que hoy significa este concepto. Sólo así podremos diseñar una estrategia eficiente para combatir el impe­rialismo y erradicarlo desde su raíz.

 

 

El Término Imperialismo

 

Primero queremos recordar brevemente que el término imperialismo viene del la­tín y está derivado del verbo imperare, que significa dominar, reinar o gobernar; y del sustantivo imperium, que significa área de dominio. En el sentido más amplio y gene­ral de la palabra, imperialismo denota la política de expansión territorial de un go­bierno o un estado por motivos demográ­ficos, económicos o inclusive de prestigio, que implica la subyugación y dominación de otras regiones y otros pueblos bajo un mando centralizado, imperial. Imperialismo denota así, en su significado originario, la construcción de un imperio de gran exten­sión territorial, siendo el punto de referencia histórico el Imperio romano. Muchas veces, y cuando hoy estamos utilizando el término imperialismo, éste sigue estando estrecha­mente ligado en nuestra mente a ésta su no­ción originaria, sin que nos demos cuenta.

 

Mucho menos conocido es el término im­perialismo en su sentido moderno, que na­ció a finales del siglo XIX con el fenómeno de la política de expansión territorial de los poderes europeos por razones eminente­mente económico‑capitalistas. Recordemos que durante la breve era del libre comercio en los años 60 y 70 del siglo XIX, el capital había sustituido las armas y el poderosísi­mo capital industrial inglés había penetrado mercados lejanos, tanto en regiones ya bajo dominio inglés, así como también en otras regiones de la tierra, gracias a sus productos baratos y su flota naval mercantil superior. Este "equilibrio liberal" con "sede" en Gran Bretaña comenzó a derrumbarse con el sur­gimiento de competidores nuevos y fuertes, cuyos deseos de expansión económica cho­caron contra la hegemonía inglesa. Estos competidores fueron, en aquél momento, las naciones de la Europa continental, además de Norteamérica y Japón, quienes vivieron un auge de sus fuerzas productivas capita­listas sin precedentes, lo que desencadenó una dinámica que desplazaría a Inglaterra de su posición hegemónica como centro económico mundial.

 

La crisis bancaria y crediticia de 1873 en Europa llevó a un estancamiento económi­co generalizado y condujo a la introducción de tarifas de protección, a la formación de cárteles y monopolios y, con ello, al fin de la breve era del libre comercio y del liberalis­mo económico, esto es, de la fase liberal del capitalismo. Bajo las nuevas condiciones del capitalismo monopolista se impuso la nece­sidad de buscar nuevos mercados en ultra­mar para la inversión de capital, lo que llevó primero a la misma Gran Bretaña a estre­char los lazos con sus territorios coloniales y luego a ampliar sus mercados por nuevos territorios. Igualmente, las demás poten­cias europeas que no tenían colonias o las habían perdido comenzaron a realizar una sistemática expansión territorial en ultramar, y así fue como los capitales nacionales euro­peos entraron en una competencia de vida y muerte. El Estado adquirió una importan­cia vigorosa al emplear de manera activa y sistemática su poderío político y militar para alcanzar la hegemonía económica ante sus respectivos competidores, con lo que quedó sepultada la vieja noción liberal de la no‑intervención del Estado en la economía.

 

La similitud de la situación vivida hace unos 130 años con la que estamos viviendo hoy, es asombrosa, y parece que el actual centro económico mundial, los EE.UU., quiere evitar a toda costa que le pase lo mismo que le pasó en aquella época a su "madre patria", Gran Bretaña, tratando de impedir con sus guerras preventivas el auge de sus competidores y una posible pérdida de su hegemonía mundial.

 

En todo caso, y regresando al imperialismo a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, en lo que concierne sus objetivos, su razón de ser y su justificación, el fin primordial consistía en adquirir territorios co­loniales con el objetivo de asegurar recur­sos naturales y garantizar un mercado para productos e inversiones de la respectiva industria nacional. En segundo lugar figu­raba la adquisición de territorios con miras a disponer de espacios para la emigración de una parte de la propia población. La expansión europea se dirigió masivamente hacia África y desembocó en una carrera in­sólita por la repartición del continente afri­cano. Conste en este contexto que a partir de los años 80 del siglo XIX y en el marco del descubrimiento del Congo, la región más rica en recursos naturales de África, se había disparado el interés de los gobiernos racistas europeos, ávidos por anexar cuanto territorio conseguirían. En 1884/85 se realizó en Berlín, Alemania, la Conferencia del Congo, también llamada Conferencia de Berlín, cuya declaración final, el Acta del Congo, constituiría el "fundamento" para la repartición del continente africano entre las potencias europeas.

 

En el marco de esta onda de expansión imperialista, Gran Bretaña llegó a ocupar Egipto, el Sudán y África del Este, y además ‑y a iniciativa del famoso archi‑imperialista Cecil John Rhodes‑, los Estados de los Boers en África del Sur. El rival principal de Inglaterra fue Francia, que edificó un gigantesco imperio colonial en África Occidental y África del Nordeste, además de su expansión hacia Indochina. En los años 90 del siglo XIX, el imperialismo llegó a su clímax cuando todas las potencias de aquella época se expandieron hacia todos lados, con Rusia expandiéndose hacia el Cáucaso, Asia Central y Asia Septentrional, con Alemania anexando el territorio chino de Kiautschou, y con los EE.UU. reforzando su poder en América Latina y extendiendo su dominio sobre India Occidental y el Pacífico (Guam, Puerto Rico, Hawai, Filipinas) después de haber vencido a España.

 

La expansión territorial andaba de la mano no sólo con la explotación económica de los nuevos territorios, sino con la dominación política y discriminación social de sus poblaciones, como quedó indeleblemente expresado en el racismo, hijo del darwinismo social, que formaba parte intrínseca de la ideología capitalista y euro‑centrista de la época y que profesaba con arrogancia la "misión civilizadora" de Occidente y los supuestos beneficios del progreso para los nuevos territorios anexados. En fin, esta onda de expansión territorial de los estados nacionales europeos a finales del siglo XIX, esta carrera insólita por la anexión de territorios ajenos y su conversión forzada en nuevos mercados para sus productos y sus inversiones, se conoce pues como la "era del imperialismo clásico", que empezó en 1880 y culminó en 1914 con el primer gran colapso del sistema internacional, esto es, con la Primera Guerra Mundial.

 

 

Teorías Burguesas del Imperialismo

 

Una de las definiciones burguesas del imperialismo que parcialmente sigue manifestándose en nuestros análisis de hoy, aparte del significado originario‑antiguo que hemos mencionado arriba, es la definición "político‑clásica" según la cual el imperialismo es tanto una ideología exageradamente nacionalista como una política de expansión determinada y empujada por las rivalidades entre las naciones europeas industrializadas en su mutua competencia por obtener un estatus como potencia mundial. Esta definición la dio el historiador y publicista austriaco burgués, Heinrich Friedjung en su obra La era del imperialismo, 1884‑1914, quien partió del estado nacional como agente de­cisivo de la historia y quien veía en el impe­rialismo la expansión violenta del dominio estatal de las naciones industrializadas sobre territorios "subdesarrollados", con fines de edificar imperios coloniales y aumentar su prestigio ante las demás naciones rivales.

 

En contraste con esta definición más bien descriptiva, el primero en relacionar de ma­nera coherente las apariencias del imperialis­mo y analizar sus fuerzas motrices económi­cas, como lo fueron por ejemplo el auge del proteccionismo hacia finales del siglo XIX, el surgimiento de monopolios, la fusión de la industria con los bancos y la exportación de capitales, fue el economista e historiador liberal británico John Atkinson Hobson en su libro Imperialismo. Una investigación, del año 1902. Según Hobson, el imperialismo fue en primer lugar un producto de que en las naciones industrializadas, la producción crecía más rápido que la capacidad de con­sumo de las masas, lo que condujo a la ne­cesidad de ampliar la demanda mediante el acceso forzado a nuevos mercados, los cua­les brindarían además recursos naturales y fuerzas de trabajo baratas en beneficio para la producción industrial europea. Hobson defendía que lo que se impuso al fin y al cabo en los asuntos del Estado de cada na­ción europea, fue nada más que los intere­ses de los grandes propietarios del capital, y que el expansionismo propulsado por éstos tendría que desembocar necesariamente en conflictos y hasta guerras con las demás naciones competidoras.

 

Por cierto, Hobson tenía la firme convicción de que el imperialismo era remediable. Al respecto sugirió aumentar la capacidad de compra de las masas trabajadoras, lo que en el caso de Gran Bretaña abriría amplias posibilidades de inversión en el mercado interno, con lo que se volvería innecesaria la expansión violenta en ultramar. Hobson defendía la tesis de que el intercambio comercial británico con las naciones industrializadas europeas era mucho más importante y lucrativo que el intercambio con las colonias adquiridas desde 1870. Según Hobson, las ganancias provenientes del comercio con estas últimas no compensarían en nada los altos costos administrativos y económicos que implicaba el mantenimien­to de aquéllas, tesis refutada más tarde por Rosa Luxemburgo. Las ideas de Hobson in­fluirían no sólo en las teorías marxistas del imperialismo, sino, y más tarde también, en la teoría económica del político, matemático y economista inglés John Maynard Keynes.

 

 

Teorías Marxistas Clásicas del Imperialismo

 

Los análisis efectuados por los marxistas Rudolf Hilferding en su obra El capital finan­ciero (1910), Rosa Luxemburgo en su obra La acumulación del capital (1913), y Lenin en su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916), no sólo fueron esencia­les para la comprensión de las contradiccio­nes internas y del funcionamiento complejo del capitalismo a nivel nacional y mundial, sino que constituyeron en su conjunto la primera auténtica teoría de las relaciones in­ternacionales, por explicar la estructura del sistema internacional con base en factores económicos y no a partir de factores de po­der políticos, como lo suelen hacer los teóri­cos burgueses. Específicamente, explicaron el fenómeno del imperialismo con base en sus fuerzas motrices de carácter económico, inexorablemente vinculadas con las contra­dicciones internas del modo de producción capitalista. Veamos primero las teorías de Hilferding y Luxemburgo, quienes consideraron que el creciente significado de los monopolios y de la expansión colonial forzada, era un indicador de que el capitalismo había entrado en una nueva etapa.

 

 

El Capital Financiero de Rudolf Hilferding

 

Rudolf Hilferding defendía que la orga­nización del capital en forma de cárteles o monopolios era la esencia del imperialismo. Observó que la industria y los bancos se organizaban juntos en grandes corporaciones monopolistas bajo el liderazgo de los bancos, por lo que las denominó "capital financiero". La formación de estas corporaciones monopolistas tenía el fin de repartirse el mercado interno para garantizar a cada corporación su cuota de ganancia, lo que llevó a la eliminación del principio de la competencia, además de mermar las posibilidades de reinvertir las ganancias de manera rentable en el propio mercado interno. Esta fue precisamente la razón por la exportación forzada de capital, o sea, la razón por la cual el capital financiero tenía que conquistar, a la fuerza, nuevos mercados externos en función de obtener ganancias extras. Para entender cómo se obtendrían estas ganancias extras tenemos que adentrarnos muy brevemente en la economía política marxista y señalar que Marx, en el tercer tomo de El capital, explicó que los capitales inverti­dos en el comercio exterior con países me­nos desarrollados rinden una tasa de ganan­cia mayor por el siguiente hecho: Un país menos desarrollado requiere más tiempo de trabajo socialmente necesario para elabo­rar sus productos y mercancías, ya que sus fuerzas productivas son menos poderosas que las de una nación plenamente indus­trializada, capitalista. Esto da una ventaja de antemano a la nación industrializada, la cual, con sus fuerzas productivas altamente desarrolladas y con una productividad de trabajo enorme, puede vender sus mercan­cías por un precio mucho más económico. En cuanto a la inversión de capital que una nación industrializada efectuara en una de sus colonias o en cualquier nación menos desarrollada, Marx observó que este tipo de inversión es altamente favorable para la primera por la mano de obra baratísima y el alto grado de explotación laboral en la segunda.

 

Regresando a Hilferding, para obtener ganancias extras era entonces indispensable el que se ocuparan nuevos territorios a la fuerza para acelerar su transformación en mercados, ya que una superación pacífica de las "estructuras arcaicas" de las regiones y países no industrializados tomaría dema­siado tiempo comparado con la necesidad inmediata del capital de obtener sus ganan­cias. Es así como, según Hilferding, el poder coercitivo del Estado se pone al servicio de los intereses económicos de las corporaciones monopolistas. Hoy, casi cien años después, esta conclusión perteneciente a los comienzos del siglo XX parece más actual que nunca. Siguiendo el razonamiento de Hilferding, la concepción del liberalismo clásico que suponía una separación estricta entre Estado y economía se desvaneció con esta nueva realidad. Además, el mismo capital financiero presionaba por la implementación de medidas anti‑libre comercio, como lo fueron las tarifas de protección, en función de asegurar a los cárteles la venta exclusiva de sus productos en el mercado interno al precio que les diera la gana. Según Hilferding, en el contexto del imperialismo, las tarifas de protección adquirieron un sig­nificado especial, ya que agudizaron la lu­cha por la conquista de nuevos mercados y reforzaron la importancia de tener un mercado propio lo suficientemente grande para no sucumbir ante los competidores. Por ende, la ampliación de los mercados a toda costa se convertiría en cuestión de vida y muerte. De todo ello resultaría una guerra económica en permanencia que conduciría inevitablemente a conflictos armados en­tre las naciones industrializadas. Ante este panorama amenazante que unos años más tarde desembocaría en la Primera Guerra Mundial, Hilferding consideró como política económica más racional aquella que abo­gara por un entrelazamiento entre las naciones industrializadas mediante una estrecha cooperación de sus corporaciones y cárteles y por la intensificación del intercambio comercial mutuo para garantizar una demanda suficiente a todos.

 

Por un lado, para Hilferding, las tendencias del imperialismo apuntaban a la formación y consolidación de una sola corporación monopolista general o universal que eliminaría los antagonismos de la producción capitalista, aunque esto significaría la agudización de los antagonismos sociales. Por otro lado, y debido a estas mismas tendencias, Hilferding concibió el imperialismo como la antesala inmediata al socialismo y al mismo tiempo como su negación radical: el imperialismo equivaldría a la socialización consciente de todas las potencialidades económicas existentes, pero todavía no en el interés de todos, sino de una oligarquía financiera‑capitalista dominante, la que lla­mó la "dictadura de los magnates capitalis­tas". El inevitable choque entre los intereses antagónicos de las diferentes oligarquías financieras nacionales, produciría a la final un salto cualitativo que transformaría la dictadura de los magnates capitalistas en la dictadura del proletariado.

 

 

La Acumulación del Capital de Rosa Luxemburgo

 

Para Rosa Luxemburgo, la organización del capital en forma de cárteles o monopolios era nada más que una apariencia del im­perialismo, mas no su esencia. Luxemburgo sostenía que la organización monopolista del capital era tan sólo una de las muchas apariencias de la competencia de vida y muerte entre los grupos capitalistas por la repartición de la ganancia, lo que, según ella y en contraste con Hilferding, no ex­plicaría el fenómeno del imperialismo. El imperialismo sería más bien un método es­pecífico de la acumulación del capital, tal y como Luxemburgo lo expusiera en su obra del mismo nombre. Según Luxemburgo, el modo de producción capitalista requiere desde un principio un entorno no‑capitalis­ta para poder desarrollarse en primer lugar. Luxemburgo está convencida de que las relaciones de producción capitalistas y antagó­nicas hacen que la demanda o capacidad de consumo de las masas trabajadoras siempre esté limitada, por lo que siempre habrá una parte de las mercancías ‑y con ello de la plusvalía‑ que no se puede vender o rea­lizar dentro de un entorno completamente capitalista, y que sólo puede ser absorbida por países o regiones no‑capitalistas. La ex­pansión violenta de las naciones industriali­zadas‑capitalistas hacia estos entornos no­ capitalistas cumple por ende una función central en la realización de la plusvalía, se­gún Luxemburgo. Los países en que impera un modo de producción pre‑capitalista son primero destruidos y luego industrializados hasta llegar a un punto en que ellos mismos entran en la dinámica capitalista y necesitan, a su vez, espacios no‑capitalistas hacia donde expandirse, y así sucesivamente en un efecto avalancha. De esta manera y en la medida en que se expanden las naciones capitalistas, socavan al mismo tiempo las condiciones de su propia existencia.

 

Así es como, para Luxemburgo, el movimiento histórico del capital es la tendencia hacia su totalización, esto es, la totalización del capitalismo y la capitalización de la totalidad, en otras palabras un capitalismo absolutamente "puro", en el que no existe ni coexiste vestigio alguno de otros modos de producción pre‑capitalistas. Una vez materializado a nivel global, el capitalismo ya no podrá realizar más plusvalía, a menos que destruya deliberadamente una parte de las fuerzas productivas mediante guerras a gran escala, para luego "re‑abrir" nuevos espacios para la acumulación del capital y para la realización de la ganancia. Ciertamente, esta intrigante tesis luxemburgiana vuelve a resonar ante las realidades que vivimos hoy por hoy, al comienzo del siglo XXI y en plena era de la globalización, por medio de las cuales países enteros están siendo demolidos mediante las nuevas guerras preventivas por presión de los mismos consorcios que luego salen beneficiados por la "reconstrucción" de su infraestructura, como lo demuestran los recientes casos de Afganistán, Irak e Líbano, y los demás países que les seguirán y quienes están en la "lista de demoliciones", como Irán, Siria, Corea del Norte y Venezuela. Para Luxemburgo, el capitalismo alcanzará de manera inexorable su punto final "matemático" de la "capita­lización" total del mundo y del colapso de la acumulación del capital. Por ende, la re­volución socialista surge como una reacción necesaria a la insostenibilidad económica del sistema capitalista. Luxemburgo ve en el imperialismo la expresión política del proce­so de la acumulación del capital en su etapa de la competencia de vida y muerte por lo que queda del entorno no‑capitalista a nivel mundial. Así es como la expansión violenta, colonial, se convierte en un factor decisivo de la vida social y económica y obliga a las naciones capitalistas a aplicar las medidas más brutales si quieren persistir en esta lu­cha por las últimas posibilidades de acumu­lar capital.

 

En este contexto y con una claridad visio­naria, Luxemburgo señala también la cre­ciente importancia del militarismo que se ha vuelto indispensable para la clase capitalista en tres aspectos: Primero, como medio de combate en la lucha de intereses entre las naciones capitalistas competidoras; segun­do, como la esfera de inversión más impor­tante tanto para el capital financiero como para el capital industrial; y tercero, como instrumento de dominio sobre la clase tra­bajadora. En esta triple caracterización del militarismo destaca sobre todo el aspecto económico en lo que concierne a su función como esfera de inversión para el capital fi­nanciero e industrial. Con ello, Luxemburgo identificó un elemento decisivo, paliativo e inclusive "recuperativo", de las crisis eco­nómicas del capitalismo ‑la economía de guerra‑, que luego se convertiría en una de las características principales del capita­lismo tardío, como lo demuestran, por ejem­plo, en la actualidad los astronómicos gastos del Gobierno estadounidense en materia de "defensa" para sus guerras preventivas, y cuyos beneficiarios son las grandes corpora­ciones tecnológico‑militares estimuladas por el Gobierno norteamericano en una especie de keynesianismo militarizado.

 

Resumen Preliminar: Carácter inevitable del Imperialismo

 

Aunque por razones diferentes, tanto para Hilferding como para Luxemburgo el impe­rialismo constituye un fenómeno inherente al capitalismo, por lo que no se pueden sepa­rar. En el caso de Hilferding, el imperialismo ‑que es la organización del capital en mo­nopolios‑ es inevitable, ya que constituye la condición sine qua non para mantener y au­mentar, por lo menos temporalmente, la tasa de ganancia. En el caso de Luxemburgo, el imperialismo es inevitable porque la deman­da o capacidad de consumo de las masas trabajadoras está principalmente limitada, y con ello la posibilidad de realizar la plusvalía dentro de un entorno netamente capitalista. Esta limitación sólo puede ser superada tem­poralmente por la expansión hacia los entor­nos no‑capitalistas.

 

 

Lenin: El Imperialismo, Fase Superior del Capitalismo

 

Lenin escribió su famosa obra acerca del tema del imperialismo en 1916 en Suiza, en plena guerra mundial y mucho más tarde que Hobson, Hilferding y Rosa Luxemburgo, por lo que pudo considerar muchos hechos que no habían estado al alcance analítico de sus predecesores. El estallido de la Primera Guerra Mundial había confirmado y completado el contenido del término imperialismo que se había manejado hasta este momento, y el análisis de Lenin partió en primer lu­gar de por qué se había originado la guerra y de por qué la socialdemocracia alemana y con ella la Segunda Internacional, se habían desmoronado. En El imperialismo, fase superior del capitalismo, su trabajo principal en materia de economía política, Lenin trató de dar continuidad al análisis marxista del capitalismo e inclusive ampliarlo por la dimensión de los nuevos fenómenos como la formación de los monopolios, el surgimiento del capital financiero y el auge del imperialismo. En cuanto al análisis de este último, Lenin se basó principalmente en los trabajos de Hobson y Hilferding, y aun cuando había criticado fuertemente el trabajo de Rosa Luxemburgo, también existen puntos de coincidencia con el mismo.

 

Lenin manejaba una triple caracterización del capitalismo del siglo XX. En cuanto a su estructura económica, lo identificó como capitalismo monopolista, en cuanto a su ac­ción en materia de política exterior, como imperialismo, y en cuanto a su significado histórico, como capitalismo podrido y agoni­zante que anunciaba la revolución mundial inminente. Según Lenin, el imperialismo constituía la última etapa del capitalismo, que sólo podría ser superada mediante la revolución, cuyas posibilidades de materia­lización crecían constantemente, ya que en la era del imperialismo las guerras entre las naciones capitalistas se habían vuelto inevi­tables y los antagonismos internacionales entre pueblos dominantes y dominados se habían agudizado. El imperialismo cons­tituía un factor de cohesión extraordinario que había aglutinado el mundo en una sola unidad económica, hecho por el cual la re­volución socialista también podría ser lle­vada a cabo en los países "atrasados", que por sí solos no cumplirían las condiciones necesarias para una revolución exitosa, tal y como era el caso de Rusia. Sin embargo y sólo bajo la condición de un fuerte factor subjetivo, esto es, la presencia de una con­ciencia revolucionaria de la clase trabajado­ra, podría iniciarse una revolución socialista en un país "atrasado". En este punto, Lenin difería de Marx y Engels, para quienes la revolución socialista sólo era posible en los países "avanzados", es decir capitalistas e industrializados.

 

Ahora bien, el punto de partida de la teo­ría económica del imperialismo de Lenin fue la expansión del capital nacional hacia ultramar en un esfuerzo por compensar la caída de la tasa de ganancia en el mercado interno. El "capital nacional", o capital que opera dentro de los límites de una nación, puede encontrarse con dos tipos de proble­mas de crecimiento o realización: Con una insuficiencia de las ganancias o con una insuficiencia de la demanda o capacidad de consumo de las masas, estando las dos relacionadas, por supuesto. Según Lenin, la insuficiencia de las ganancias en el mercado interno obliga al capital a expandirse más allá de sus límites nacionales. Siguiendo la argumentación de Hilferding, Lenin defien­de que la caída tendencial de la tasa de ga­nancia es enfrentada en primer lugar por la creciente concentración y monopolización del capital en las naciones industrializadas, en una unión entre empresas industriales y bancos, quienes juntos forman el capital fi­nanciero. En segundo lugar, se estimula el crecimiento de la tasa de ganancia median­te la exportación de capital hacia ultramar, dentro del cual los costos de producción son más económicos gracias al acceso di­recto a los recursos naturales y a la dispo­nibilidad de fuerzas de trabajo baratas, lo que produce ganancias extras. Como todos los capitales nacionales enfrentan el mismo problema y tienen la misma necesidad de expansión, se genera entre ellos una fuerte competencia, por lo que la política exterior se convierte en un instrumento decisivo para defender los respectivos intereses propios. Sin embargo, Lenin observa que también existen agrupaciones capitalistas organiza­das a nivel internacional, que no sólo lo­gran instrumentalizar la política exterior de sus respectivos países de origen en función de la defensa de sus intereses particulares, sino también la de otras naciones.

 

Según Lenin, la exportación obligatoria de capital con todos los medios posibles, inclusive políticos y militares, para anexar territorios menos desarrollados o "subdesa­rrollados" en ultramar en función de abrir mercados y contrarrestar la caída tendencia¡ de la tasa de ganancia, tiene un efecto cir­cular en cuanto que el mismo proceso de la exportación del capital tiende a reforzar los problemas que aparenta resolver: La expan­sión del capitalismo en toda la Tierra agudi­za la competencia y acelera la caída de la tasa de ganancia promedio en su totalidad, por lo que este proceso sólo puede terminar en una mutua destrucción de los capitales entre sí, sobre todo en y mediante las gue­rras imperialistas. Este argumento de Lenin se asemeja mucho al razonamiento de Rosa Luxemburgo, quien dice que el remedio sólo acelera el avance de la enfermedad, lo que tiene que ver, por supuesto, con las contra­dicciones internas del modo de producción capitalista mismo.

 

Para Lenin, el imperialismo es la última etapa del capitalismo, su fase monopolista que surge en el momento en que la característica principal del capitalismo liberal del si­glo XIX se convierte en su opuesto, esto es, cuando la libre competencia entre capitales pequeños y medianos se convierte en mo­nopolios de capitales grandes. Aun cuando los monopolios no logran eliminar comple­tamente la competencia, su constitución implica la formación de nuevos antagonis­mos y conflictos agudos. Lenin destaca las siguientes cinco características del imperia­lismo como fase monopolista del capitalis­mo: Primero, existe una concentración de la producción y del capital en un nivel tan alto que lleva a la formación de monopolios que ocupan el papel decisivo en la economía. Segundo, el capital bancario y el industrial se fusionan en el capital financiero, por lo que surge un nuevo tipo de oligarquía: la oligarquía financiera. Tercero, la exporta­ción de mercancías pierde su importancia ante el significado que ha adquirido la ex­portación de capitales. Cuarto, se forman agrupaciones capitalistas monopolistas a nivel internacional que reparten el mundo entre sí, y quinto, la repartición territorial de la Tierra entre las grandes potencias capita­listas ha concluido, con lo que comienza el fin de la fase monopolista del capitalismo.

 

Considerando que Rosa Luxemburgo atri­buyó un papel central a los países "atrasa­dos" (o en palabras de ella, al "entorno no capitalista") en lo que respecta el desarrollo y la supervivencia del capitalismo mismo, la teoría del imperialismo de Lenin constituye un retroceso en cuanto que vuelve a cen­trarse en los países metropolitanos y en las contradicciones del capitalismo industrial. Aun cuando Lenin atacó fuertemente la te­sis de Luxemburgo de que el capitalismo no podía sobrevivir sin la existencia de territo­rios no capitalistas o colonias, coincidió con ella en lo que se refiere a la interpretación del imperialismo como "madurez plena" y "última etapa de vida del capitalismo" (pa­labras textuales de Luxemburgo), lo que se refleja claramente en el título del trabajo de Lenin.

 

En fin, con base en las características prin­cipales del imperialismo (los monopolios, la oligarquía financiera, la creciente explota­ción de los países menos desarrollados por unas pocas potencias capitalistas y ricas, etc.), Lenin identificó el imperialismo como un estado parasitario y decadente, como capitalismo en agonía.

 

 

Significado de las Teorías Marxistas Clásicas del Imperialismo

 

Como ya lo hemos indicado, la teoría clásica marxista del imperialismo representada en sus exponentes Hilferding, Luxemburgo y Lenin, fue la primera en comprender y analizar las relaciones internacionales como un sistema en su totalidad o una totalidad sistémica, ya que comprendió los conflic­tos y las guerras que se generaban entre las naciones como apariencias del carácter antagónico del capitalismo. Estos conflictos serían inevitables hasta tanto no se tocara el modo de producción capitalista mismo, que causara que los estados nacionales, sea por bien o por mal, vivieran en una mutua de­pendencia, atados el uno al otro en un com­plejo sistema de relaciones internacionales. Esto, por cierto, ya lo habían observado los mismos Carlos Marx y Federico Engels en su Manifiesto comunista de 1848, cuando escribieron lo siguiente:

 

(...) Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cos­mopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimien­to de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cues­tión vital para todas las naciones civili­zadas, por industrias que ya no emplean materias primas nacionales, sino mate­rias primas venidas de las más lejanas re­giones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen nece­sidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento y de las regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, se establece un intercambio uni­versal, una interdependencia universal de las naciones" (Manifiesto del Partido Comunista, 1848. Ediciones DEL SIGLO, Buenos Aires, 1969).

 

Esta "interdependencia de todas las na­ciones", irremediablemente "enredadas" en el comercio universal y en la competencia por mercados y posiciones hegemónicas, llevó en 1914 al estallido de la Primera Guerra Mundial, que no fue otra cosa que el primer gran colapso del sistema capitalis­ta internacional y que confirmó lo acerta­do que fueron los análisis del imperialismo realizados por Hilferding y Luxemburgo. La fundación de la ciencia burguesa de las "relaciones internacionales" en una franca reacción de conmoción frente a la Primera Guerra Mundial, llegó tarde porque ya exis­tía la teoría marxista del imperialismo que comprendió las relaciones internacionales como una expresión del carácter antagóni­co del sistema capitalista a nivel mundial. El segundo gran colapso del sistema capi­talista internacional entre 1939 y 1945, las más que doscientas guerras libradas en todo el mundo entre 1945 y 2000 y las "nuevas guerras" del siglo XXI que apuntan hacia otro gran colapso del sistema internacional ‑todas ellas producto de la persecución de ganancias extras, del militarismo, de la com­petencia por mercados, por la hegemonía económica, financiera y militar, por mano de obra barata, por recursos naturales, recur­sos energéticos, recursos de agua, recursos de biodiversidad, etc.-, siguen confirmando las teorías clásicas marxistas del imperialismo y del sistema de relaciones internacionales. Por eso mismo siguen teniendo un significa­do importantísimo como punto de partida de nuestro propio análisis y de nuestra propia estrategia y táctica en la lucha contra el im­perialismo y capitalismo a nivel mundial, con miras a su eventual superación.

 

Estamos conscientes de que el empleo del término imperialismo en su sentido clásico-­marxista para caracterizar las relaciones in­ternacionales, sea en aquella época o ahora, es y seguirá siendo atacado por todos aque­llos sectores de la sociedad que se adhieren al capitalismo. Ya inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial empezó la controversia acerca del término, el cual fue descalificado por las ciencias sociales bur­guesas como un término "polémico", "agi­tador" y "anticientífico". No sorprende la insistencia por parte de las ciencias sociales burguesas en rechazar las teorías marxistas del imperialismo, ya que su aceptación lleva necesariamente a la negación del capitalis­mo y con ello de la misma ciencia burgue­sa. Si se comprende la esencia del sistema internacional como una esencia imperia­lista, como la expresión lógica del carácter antagónico del capitalismo, entonces, tan­to la Primera Guerra Mundial como todas las guerras y todos los colapsos del sistema internacional, no pueden ser interpretados como "accidentes" de la historia, sino como productos necesarios de las contradicciones internas del modo de producción capitalis­ta. Esto quiere decir que las guerras sólo pueden desaparecer si desaparece el ca­pitalismo, y que la aceptación de la teoría marxista del imperialismo es equivalente al reconocimiento de la insostenibilidad eco­nómica, social e histórica del capitalismo.

 

La refutación científica de la teoría mar­xista del imperialismo como "doctrina errática" fue la tarea principal de la disci­plina burguesa de las "relaciones interna­cionales", que nació después de la Primera Guerra Mundial y que se asentó en varios institutos y universidades de altos estu­dios en diferentes países europeos y en los EE.UU., siendo los más conocidos el Royal Institute of International Affairs en Gran Bretaña y el Council of Foreign Relations en EE.UU. La refutación consistió básicamente en que se descartó por completo el análisis político‑económico de la teoría marxista del imperialismo. En su lugar se establecieron "responsabilidades personales" al señalar, por ejemplo, a los magnates industriales o financieros como los responsables de la guerra, o al culpar a "la diplomacia" de haber fracasado en sus esfuerzos por evitarla. En un intento de reivindicar las tesis del liberalismo clásico se llegó a denunciar la creciente intromisión de la política en los asuntos económicos y a responsabilizar a los políticos y estadistas por la guerra. Así fue como el Estado se convirtió en el centro y punto de partida del análisis burgués de las relaciones internacionales, esto es, en el actor principal de la política internacional y de la historia, con lo que se cerró el círculo al reconectarse con la ya mencionada defini­ción "político‑clásica" del imperialismo, tal y como la había expuesto Heinrich Friedjung. Los estados nacionales, sus políticos, sus es­tadistas. y sus diplomáticos fueron así identi­ficados como actores principales y culpables en el colapso del sistema internacional, más no el capitalismo como tal.

 

 

Teoría de la Dependencia

 

Otra versión de las teorías del imperia­lismo la encontramos en la Teoría de la Dependencia de los años sesenta y setenta, que agrupa una variada gama de corrien­tes. Lejos de constituir una teoría unitaria, tiene sin embargo un fuerte centro de co­hesión que es la perspectiva tercermun­dista de los mecanismos de explotación y dominación impuestos por el colonialismo e imperialismo.

 

El estudio y análisis de las consecuencias del imperialismo para los países que histó­ricamente fueron víctimas de la expansión violenta europea constituye la esencia de la Teoría de la Dependencia, sobre todo de la corriente latinoamericana, con lo que se deja atrás la perspectiva netamente europea o euro‑centrista que había prevalecido en los análisis clásicos marxistas del imperialismo. Sin embargo, el denominador común de las múltiples y diferentes corrientes que conforman el conjunto de las teorías de la dependencia es precisamente el que su punto de partida y su pensamiento principal está anclado en las teorías clásicas marxistas del imperialismo, sobre todo en los análisis de Rosa Luxemburgo y Lenin. El eje fundamental en torno al cual giran las teorías de la dependencia es el hecho histórico de que los países de América Latina, África y Asia han sido convertidos, a la fuerza y por medio del imperialismo, en mercados para los productos industriales de los países europeos, lo que trajo como consecuencia su deformación en economías mono productoras, orientadas hacia la exportación y venta de alimentos y recursos naturales en el mercado mundial, mas no hacia la satisfacción de las necesidades de sus pro­pias poblaciones. Es así como los países del Tercer Mundo han sido relegados a la "peri­feria" de la producción mundial, incapaces de desarrollarse y condenados a vivir en la sombra de los "centros" de producción metropolitanos. Por ende, las teorías de la dependencia no buscan las causas del sub­desarrollo en los factores internos como la supuesta carencia de recursos, capitales, vo­luntad de prosperar, calificación de la mano de obra, vocación del trabajo, etc., sino en los factores externos de determinación aje­na, históricamente impuestos por el colonia­lismo y el imperialismo.

 

En los análisis de Luxemburgo y Lenin, los países "atrasados" figuraban solamente en su cualidad de mercados externos para los países metropolitanos. El interés analítico se redujo entonces a la siguiente interrogante: ¿En qué medida estos mercados externos influirían favorablemente en la tasa de ganancia y la acumulación del capital de los países metropolitanos? No hubo interés en absoluto en analizar el impacto negativo que tenía el flujo de mercancías y capital hacia los países "atrasados", ni en determinar lo específico del "desarrollo" económico en los países de la periferia, que no resultó ser otra cosa que un "desarrollo del subdesarrollo", como dijera en su tiempo uno de los teóricos más conocidos de la dependencia, André Gunder Frank. Al contrario, Lenin pensaba, por ejemplo, que la exportación de capitales hacia los países "atrasados" llevaría a un desarrollo vertiginoso de sus fuerzas productivas, mientras que los países metropolitanos degenerarían en una espe­cie de estados rentistas parasitarios cuyo de­sarrollo económico llegaría a estancarse.

 

Ahora bien, entre las tesis centrales com­partidas por todas las corrientes que con­forman el conjunto de las teorías de depen­dencia, figura, por ejemplo, la suposición que las deformaciones económicas y las acentuadas injusticias sociales en los países periféricos no son productos de su propio desarrollo histórico, sino que se deben más bien a la imposición violenta de modelos de producción ajenos. El "subdesarrollo" tiene entonces causas externas o exógenas, mien­tras que sus consecuencias se manifiestan en lo interno de los países afectados y se convierten en estructuras intrínsecas de sus economías y sociedades. Es por ello que los factores internos o endógenos y los facto­res externos o exógenos del "subdesarrollo" están estrechamente interrelacionados. Otra tesis compartida es el reconocimiento de que el subdesarrollo no es ninguna etapa "anterior" al desarrollo y por ende supera­ble con la ayuda de una determinada rece­ta, tal como lo quieren hacer ver los teóricos de la modernización; más bien se considera el desarrollo y el subdesarrollo como los dos lados del mismo proceso histórico de expansión violenta del capitalismo europeo y su internacionalización en y mediante el mer­cado mundial. Consecuentemente, la supe­ración del subdesarrollo sólo puede lograrse mediante la superación del sistema capita­lista mundial, cuyas leyes de movimiento y contradicciones internas han engendrado las grotescas injusticias económicas y so­ciales a nivel internacional, que dividen el mundo en un puño de países prósperos y una mayoría de países marginados.

 

Otro dato importante es que la Teoría de la Dependencia nace con base en dos crí­ticas fundamentales. Primero, la Teoría de la Dependencia critica y rechaza las teorías burguesas del desarrollo por su notorio fra­caso, como es el caso de las teorías de la modernización y del desarrollismo, encargadas de formular las "estrategias de crecimiento" para América Latina en la época de la Guerra Fría. Recordamos brevemente en este contexto, que las teorías de la modernización fueron dominadas por autores y economistas norteamericanos o "norteamericanizados" como Paul Rosenstein‑Rodan, Albert Hirschman y Walt W. Rostow, quienes responsabilizaron a los países del Tercer Mundo por su propio "subdesarrollo" y se empeñaron en dar las recetas económicas adecuadas para que éstos salieran de su condición de sociedades "tradicionales y atrasadas" y se transformaran en naciones industrializadas y modernas. El desarrollismo, a través de la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL) con sede en Santiago de Chile y bajo la dirección de Raúl Prebisch, fue el encargado de propagar los postulados de la "modernización" en toda América Latina y adaptarlos a sus condiciones específicas, promoviendo un "desarrollo hacia adentro" mediante una serie de medidas de reforma económica para incentivar la industrialización. En segundo lugar, la Teoría de la Dependencia critica y rechaza el marxismo esquematizado y dogmatizado que ha conducido en América Latina a un concepto errático de la revolución que excluye la dimensión propiamente socialista y que se fija únicamente en la revolución democrático‑burguesa o revolución agraria, nacional, anti‑feudal e inclusive "antiimperialista", basada en un gran consenso de clases y definida como "etapa de transición" de duración indefinida, hacia una revolución socialista postergada en el tiempo ad infinitum.

 

La Teoría de la Dependencia contrapone, tanto a las teorías burguesas del desarrollo como al marxismo dogmático, su propia visión sobre la realidad latinoamericana y los países del Tercer Mundo en general. Esta realidad es vista como violencia estructural, palpable dentro de los países periféricos, producto de su explotación y dominación por fuerzas hegemónicas ajenas. En este contexto, el término "dependencia" adquiere un múltiple significado. Denota en primera instancia la suma de todos los factores externos que cercenan la sobera­nía nacional y limitan al país afectado en sus posibilidades de salir de su miseria. En segundo lugar, "dependencia" denota la inserción forzada de los países periféricos en el mercado mundial; en tercer lugar, la explotación económica y dominación políti­ca de los países periféricos por parte de los países metropolitanos; en cuarto lugar, la determinación ajena del propio destino por culpa del desarrollo y de la expansión his­tórica del capitalismo en todo el mundo; en quinto lugar, una condición estructural in­terna de los países periféricos, y finalmente, "dependencia" significa imperialismo desde el punto de vista de los países subyugados, vivido como una realidad concreta que se expresa en la violencia de sus estructuras económicas, políticas y sociales.

 

 

Imperialismo y Globalización

 

El imperialismo es una constante del ca­pitalismo, ya que tiene la función de ase­gurar su continuidad en tiempos de crisis. Recordemos que las crisis económicas en el modo de producción capitalista, a diferen­cia de las crisis en los modos de producción anteriores, no son crisis de carencia, sino de sobreproducción o lo que es lo mismo, de acumulación. El fin último del capitalismo es la producción de ganancias, basada en la explotación de la fuerza de trabajo físi­ca, humana. La contradicción principal del modo de producción capitalista consiste en que la fuerza de trabajo física, humana, es progresivamente sustituida por máquinas en una continua automatización de los pro­cesos de producción. Esto socava la base misma de la producción de ganancias, ya que no se puede explotar a las máquinas, sino solamente a los trabajadores. La única salida de este dilema es, por un lado, inten­sificar la explotación de lo que queda de la fuerza de trabajo humana en el proceso de producción mediante una serie de medidas que abarcan desde la eliminación del esta­do de bienestar en los países metropolita­nos y la reducción drástica de los derechos y seguridades laborales conquistados por la clase trabajadora, hasta la superexplotación del Tercer Mundo. Por otro lado, hay que destruir periódicamente capital y fuerzas de trabajo superfluas mediante guerras, razón por la cual el militarismo es y seguirá siendo un componente "vital" para el capitalismo.

 

Con el desmoronamiento del "socialismo real existente" a comienzos de la década de los noventa, y con ello de la apertura de un gigantesco mercado para una nueva fase de acumulación del capital, se abrió un nuevo capítulo imperialista denominado globali­zación. Las restantes fracciones del capital global que todavía compiten entre sí, han emprendido una carrera por la apropiación de los recursos y la inversión en los merca­dos de Europa del Este, Rusia, Asia Central y China, que trae a la memoria la carrera por la repartición de África entre las poten­cias europeas hace poco más de cien años, durante la era del imperialismo clásico. Esta vez, a causa de su posición incontestada como único poder hegemónico global y de­bido a su enorme superioridad en materia militar, los Estados Unidos de Norteamérica encabezan esta carrera de una manera abiertamente ofensiva y agresiva.

 

Sin embargo y en contraste con la era del imperialismo clásico, cuando competían "capitales nacionales" o capital organizado en monopolios a nivel nacional, hoy, como decía Lenin, el capital está organizado en monopolios a nivel internacional, por lo que puede instrumentalizar a favor de sus intereses no sólo la política de múltiples estados a la vez, sino también la de las orga­nizaciones supranacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, la Comisión de la Unión Europea, los Bancos Centrales, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, etc. El capital orga­nizado en monopolios a nivel internacional en forma de gigantescos consorcios globales que controlan el flujo de mercancías, inver­siones y finanzas, tiende a imponerse en una especie de "coalición de intereses", por lo que su adscripción inequívoca a una sola nación es altamente problemática. Conste en este contexto que el "capital transnacio­nal" no es una creación de la globalización, sino al revés: La globalización es la expresión más reciente de la contradicción entre la progresiva concentración y monopolización del capital a nivel global y los últimos relictos de su ya obsoleta organización nacional. La progresiva destrucción de la vieja organización nacional del capital se expresa a su vez en la formación de los grandes "bloques económicos" que compiten entre sí, por lo menos hasta desaparecer en entidades aún más grandes.

 

En el hecho que todas las mega corporaciones del mundo tengan que operar obligatoriamente a escala global so pena de desaparecer del mapa económico mundial, radica lo específico de la globalización, que nos permite identificarla como una nueva cara del imperialismo. Este mismo hecho agudiza la competencia entre los grandes consorcios en el mercado mundial, cuyos competidores tratan de imponerse y preva­lecer en el mercado literalmente a punta de cañones. Así es como hemos entrado a un nuevo período de crisis, conflictos, guerras y luchas de clases que esta vez y en concor­dancia con la globalización, serán inevita­blemente libradas en el ámbito mundial.

 

Finalmente, es en este mismo contexto que tenemos que analizar el imperialismo, militarismo e inclusive fascismo particular y a la vez global de los EE.UU. hoy, que afecta a todas las regiones del mundo sin excepción. Aun cuando la nueva era del imperialismo está claramente marcada por una estrategia maestra llevada a cabo por las grandes corporaciones transnacionales con base en Norteamérica, en una simbiosis político‑militar con el Gobierno estadounidense, esto no quiere decir que no exista al mismo tiempo el mismo fenómeno (si bien menos acentuado) en relación con la Unión Europea, por ejemplo. El que el complejo industrial‑militar‑energético‑comunicacional norteamericano tenga una proyección verdaderamente global y promueva un "proyecto imperial" en todos los frentes con fines de gerenciar el sistema internacional entero a su propia cuenta, no quiere decir que no exista proyecto similar por parte de la Unión Europea o Rusia, por ejemplo. Aun cuando estemos presenciando la "reorganización" sangrienta del mundo bajo la hegemonía de los EE.UU., podemos ver al mismo tiempo cómo se está perfilando la respuesta de sus competidores europeos, rusos y chinos en forma de nuevas alianzas económicas y militares. Finalmente, el carácter provocador de la expansión e imposición brutal de los intereses particulares del capital basado en Norteamérica, trae como respuesta no sólo la agudización de la competencia y la posibilidad de una guerra intra‑imperialista, sino la creciente conciencia y resistencia de los millones de explotados, oprimidos y marginados a nivel mundial, víctimas de la globalización, de la nueva cara del imperialismo.

 

El comienzo del siglo XXI se asemeja mucho al del siglo pasado, con una gran conflagración mundial en puertas. La dinámica fatal la determina una vez más, pero en un nivel más alto, la contradicción entre la producción de ganancias que exige un campo de operación ilimitado‑global y las últimas trabas que todavía impiden que efectivamente sea así. Por otro lado, e igualmente en un nivel más alto, vemos de nuevo el significado importante del militarismo en su triple función de ser medio de combate en la lucha entre las fracciones del capital por imponer sus respectivos intereses, esfera de inversión crucial para el capital financiero e industrial, e instrumento de dominación frente a la clase trabajadora, como lo observara Rosa Luxemburgo en su tiempo. Sin embargo, y a diferencia del siglo pasado, se están alcanzando los límites de tolerancia del planeta y de la misma especie humana. Con ello hemos definitivamente llegado al punto nodal en que todas las condiciones están presentes para plantearnos la tarea de superar el capitalismo en su fase imperialis­ta‑global, so pena de perecer como especie.

En palabras de Marx:

 

(...) "Una formación social jamás perece hasta tanto no se hayan desarrollado to­das las fuerzas productivas para las cuales resulta ampliamente suficiente, y jamás ocupan su lugar relaciones de produc­ción nuevas y superiores antes de que las condiciones de existencia de las mismas no hayan sido incubadas en el seno de la propia sociedad antigua. De ahí que la humanidad siempre se plantee sólo tareas que puede resolver, pues considerándolo más profundamente siempre hallaremos que la propia tarea sólo surge cuando las condiciones materiales para su resolución ya existen o, cuando menos, se hallan en proceso de devenir" (Carlos Marx, Contribución a la crítica de la economía política, 1859, prefacio.)

 

 

Conclusión

 

A manera de síntesis en lo que se refiere a las teorías del imperialismo aquí presenta­das y en un esfuerzo por captar las tenden­cias actuales, podemos intentar el siguiente resumen: El imperialismo es en primer lugar una función del capitalismo que le ayuda por un lado a paliar sus contradicciones internas mientras que por otro lado las reproduce en un nivel más alto. El imperialis­mo clásico del siglo pasado coincide con la centralización y monopolización del capital a nivel nacional y se sirve de los respectivos estados nacionales como instrumentos de dominación, mientras que el imperialismo del siglo XXI coincide con la centralización y monopolización del capital a nivel global y se sirve de las organizaciones supranacio­nales como instrumentos de dominación. Las consecuencias nefastas del imperialis­mo ‑la violencia militar, económica, políti­ca y social, así como la extinción de fuerzas de trabajo a gran escala‑, las padecen en primer lugar los países periféricos, víctimas históricas del atropello colonialista‑imperia­lista a lo largo de cinco siglos.

 

Los análisis y las críticas devastadoras que hicieran en su tiempo teóricos como Hobson, Hilferding, Luxemburgo y Lenin parecen haber sido escritos hoy, con lo que se demuestra la continuidad del imperialis­mo a lo largo de un siglo, que ha visto dos colapsos del sistema internacional o gue­rras mundiales, décadas de neoliberalismo como forma de dominación "indirecta" de los países periféricos por parte de los paí­ses metropolitanos, y que ha culminado en la dictadura de las grandes corporaciones transnacionales que hoy gobiernan el mun­do, y cuyas actividades trascienden cualquier frontera, a la fuerza si fuese necesario.

 

Nosotros, como fuerzas progresistas, boli­varianas, revolucionarias y socialistas, ciertamente tenemos que revisar si nuestro concep­to del imperialismo, tal y como lo manejamos en nuestros análisis y comentarios diarios, realmente corresponde con el que acabamos de esbozar a grandes rasgos en este ensayo, sobre todo si queremos diseñar estrategias para combatirlo y superarlo de verdad. Lo cierto es que no podemos declararnos anti­imperialistas sin ser al mismo tiempo antica­pitalistas, lo que supone a la vez un entendi­miento preciso del capitalismo mismo.

 

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¿Qué es el Imperialismo?

 

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